El búnker de los Alpes era ahora un recuerdo lejano, una herida cerrada con puntos de sutura digitales y fuego. Elena, Julian y Marc se habían trasladado a un piso franco en el barrio de Kreuzberg, en Berlín. El ambiente allí era distinto: menos defensivo, más agresivo. Las paredes estaban cubiertas de mapas de Europa, hilos rojos conectando puertos marítimos, almacenes francos y galerías de arte de fachada.
—El Códice no es solo una lista —explicó Marc, proyectando un holograma sobre la mesa de madera rústica—. Es un algoritmo de flujo. La Fundación mueve las piezas según la inestabilidad política. Si hay una crisis en los Balcanes, mueven el oro de los zares. Si hay una elección en Francia, mueven los archivos de la Resistencia.
Julian, con el brazo aún vendado pero recuperando el vigor, señaló un punto en el puerto de Hamburgo. —Aquí es donde empiezan. El Almacén 42. Oficialmente, pertenece a una empresa de logística de Singapur. Extraoficialmente, es el pulmón de la Fundación en el norte. Reciben el arte saqueado del mercado negro asiático y lo "limpian" antes de enviarlo a subastas legítimas en Londres.
Elena observaba las fotos de vigilancia. Se sentía diferente. Había cambiado sus pinceles de precisión por herramientas de intrusión electrónica y un traje táctico de fibra de carbono. —No queremos solo recuperarlo —dijo ella, su voz más firme que nunca—. Queremos que el mundo vea lo que hacen. Si vaciamos el Almacén 42 y enviamos las pruebas a la Interpol simultáneamente, les cortamos la respiración.
La operación en Hamburgo comenzó bajo una lluvia gélida. Marc, desde una furgoneta a tres manzanas de distancia, hackeó las cámaras térmicas del perímetro. Julian y Elena se deslizaron por las grúas del puerto, dos sombras moviéndose entre contenedores oxidados.
—Tres guardias en la entrada principal. Dos en la patrulla norte —susurró Marc por los auriculares—. Elena, tienes treinta segundos antes de que el escáner de retina se reinicie.
Elena llegó a la consola de acceso. En lugar de usar fuerza bruta, utilizó un duplicador de impulsos que Marc había diseñado basándose en los protocolos del Códice. La puerta se deslizó con un siseo casi inaudible.
Al entrar, el espectáculo era desolador y magnífico a la vez. Miles de cajas de madera con el sello de la Fundación se apilaban hasta el techo. Elena abrió una al azar. Contenía una serie de bocetos originales de Gustav Klimt que se creían perdidos en un incendio en 1945.
—Es un cementerio de la belleza —murmuró Elena, sintiendo una punzada de dolor profesional—. Julian, están todos aquí.
—No por mucho tiempo —respondió él, colocando cargas de pulso electromagnético en los servidores centrales del almacén—. Marc, inicia la fase de "Exposición".
Mientras Julian preparaba la logística para que una red de transportistas leales (antiguos contactos de su padre) retirara las piezas más valiosas, Marc liberaba miles de gigabytes de documentos internos de la Fundación a los principales periódicos europeos.
De repente, las alarmas del puerto estallaron. Pero no eran alarmas de robo. Eran alarmas de incendio.
—¡Elena, sal de ahí! —gritó Marc—. ¡La Fundación ha detectado la intrusión y ha activado un sistema de "limpieza termita"! Están dispuestos a quemarlo todo antes de que lo recuperemos.
Elena miró los Klimt. No podía dejarlos. Mientras las primeras llamas químicas empezaban a lamer las cajas, ella comenzó a cargar los bocetos en un carrito de transporte. Julian apareció a su lado, ayudándola a empujar.
—¡Es demasiado, Elena! ¡El almacén va a colapsar! —gritó Julian sobre el rugido del fuego.
—¡Si no salvamos esto, la Fundación gana aunque expongamos sus nombres! —replicó ella, su rostro manchado de hollín pero sus ojos encendidos—. ¡La historia no es negociable!
Lograron salir por la rampa de carga justo cuando una explosión sorda sacudía el edificio. Detrás de ellos, el Almacén 42 se convertía en una pira. Sin embargo, en la furgoneta de escape, Elena abrazaba la carpeta con los bocetos de Klimt. Habían asestado el primer golpe. La Fundación ya no era invisible, y ahora sabía que alguien venía a por ellos.