Pecados, Sangre y Seda

El Nudo de los Médici.

La caída del Almacén 42 envió ondas de choque a través del mercado del arte. El Códice mostró su verdadera utilidad cuando, tras el golpe en Hamburgo, empezaron a aparecer "puntos de pánico" en el mapa de Marc. La Fundación estaba moviendo sus activos más preciosos hacia un lugar seguro: Florencia.

—Están usando el Corredor Vasari —explicó Julian mientras el tren de alta velocidad cruzaba la campiña italiana—. Es poético, en cierto modo. El pasaje secreto que conectaba el Palazzo Vecchio con el Palazzo Pitti ahora sirve para que la Fundación esconda lo que no puede quemar.

El objetivo era "El Nudo de los Médici", un alijo de joyas y documentos de la era del Renacimiento que la Fundación utilizaba para chantajear a las familias más poderosas de Italia. Según el Códice, estos documentos probaban que la fortuna de varios bancos europeos modernos se basaba en tesoros robados durante la Segunda Guerra Mundial.

Elena se hacía pasar por una experta en tasación de una casa de subastas suiza. Su misión era entrar en la galería privada de un conde italiano vinculado a la Fundación, mientras Julian y Marc interceptaban el transporte físico de los documentos.

—Recuerda, Elena —dijo la voz de Julian en su oído oculto—. No eres una espía, eres la mejor restauradora de Europa. Usa eso. Analiza las paredes, busca las inconsistencias en la arquitectura. El Códice dice que la entrada está oculta detrás de un fresco falso.

La villa del Conde di Lucca era un despliegue de opulencia obscena. Elena caminaba entre invitados de la alta sociedad, sosteniendo una copa de vino, con los sentidos alerta. Encontró el fresco: una representación del siglo XIX de la Batalla de Anghiari. Al acercarse, su ojo experto notó que la pincelada en la esquina inferior derecha no correspondía a la técnica del periodo. La pintura estaba "fresca", restaurada con pigmentos sintéticos modernos para ocultar un mecanismo de presión.

—Estoy dentro —susurró ella, activando el mecanismo. Una sección de la pared pivotó silenciosamente.

Lo que encontró no era un almacén, sino un centro de datos rodeado de bustos de mármol. Miles de microfichas y pergaminos estaban organizados con precisión quirúrgica. Elena comenzó a fotografiar los documentos con su lente de contacto inteligente, enviando la información directamente al servidor de Marc.

—¡Marc, tengo las listas de los beneficiarios de la Fundación! —dijo emocionada—. Hay políticos, directores de museos, incluso...

—¡Elena, sal de ahí ahora! —la voz de Marc sonó distorsionada por la estática—. ¡Dante está vivo!

Elena se quedó helada. El nombre de Dante actuó como un disparo en el pecho.

—¿Qué has dicho? —preguntó, sintiendo que el aire se volvía pesado.

—Nuestros sistemas han detectado su firma biométrica en el perímetro de la villa. Él no cayó, Elena. Él sabía que Julian dispararía. Usó un chaleco de impacto y una vía de escape que no conocíamos. Está en Florencia y sabe que estás ahí.

Elena se giró hacia la salida, pero la pared ya se había cerrado. Por las pantallas de seguridad de la sala oculta, vio a Dante entrar en la biblioteca del Conde. Llevaba una cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha, un recordatorio permanente de la noche en los Alpes, pero su porte era más imponente que nunca. No venía a por el arte. Venía a por ella.

—Sé que estás ahí, Elena —la voz de Dante se filtró por el sistema de altavoces de la sala—. Siempre tuviste una debilidad por los Médici. Es una pena que esta vez la historia no te salve, sino que te entierre con ella.

Dante comenzó a bombear gas nitrógeno en la sala acorazada. Como restauradora, Elena sabía que el nitrógeno se usaba para conservar documentos antiguos al eliminar el oxígeno, pero para un ser humano, significaba una asfixia silenciosa y rápida.

Elena no entró en pánico. Miró a su alrededor. No había herramientas, solo los documentos invaluables. Si quería sobrevivir, tenía que destruir el sistema de ventilación usando lo único que tenía a mano. Utilizó un pesado busto de bronce de Cosme de Médici para golpear la rejilla de salida, mientras Marc intentaba sobrecargar el sistema eléctrico de la villa desde el exterior.

—¡Ahora, Elena! —gritó Julian por el canal de radio. Un estruendo sacudió la habitación cuando Julian derribó la pared exterior con un vehículo de carga.

Dante intentó intervenir, pero Julian le obligó a cubrirse con una ráfaga de fuego de cobertura. Elena salió de la sala, tambaleante por la falta de oxígeno, siendo recogida en brazos por Julian.

—Lo tenemos, Elena. Tenemos los nombres —dijo Julian mientras escapaban por los jardines de la villa.

Elena miró hacia atrás por la ventana trasera del coche. Dante estaba de pie en la escalinata de la villa, observándolos partir. No disparó. Simplemente levantó una mano en un saludo burlón. La contraofensiva había sido un éxito táctico, pero ahora sabían la verdad: el topo era una hidra, y cada vez que le cortaban una cabeza, el pasado volvía para acecharlos.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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