El golpe final se planeó en Madrid. Con los datos obtenidos en Florencia, el grupo de Julian había acorralado a la Fundación Sombra. El "Códice" había revelado la ubicación del núcleo central: una cámara acorazada bajo el Museo de la Reina Sofía, aprovechando antiguos túneles de la Guerra Civil que conectaban con los cimientos del edificio moderno.
—Es el corazón del sistema —dijo Marc, sus dedos volando sobre el teclado en su base temporal de la Gran Vía—. Allí guardan el "Libro Maestro", el registro físico de todos los robos desde la fundación de la organización en los años 40. Si destruimos ese registro o lo hacemos público, la Fundación deja de existir legalmente. Ya no podrán reclamar la propiedad de nada.
Julian miró a Elena. Ella estaba revisando su equipo, pero su mirada estaba perdida. La revelación de que Dante seguía vivo la había dejado en un estado de alerta constante.
—No dejes que entre en tu cabeza, Elena —dijo Julian suavemente—. Eso es lo que él quiere. Que dudes.
—No dudo de lo que tengo que hacer, Julian —respondió ella, ajustándose el arnés—. Dudo de si alguna vez seremos capaces de borrar su rastro por completo.
La infiltración en el Reina Sofía fue la más compleja. Tuvieron que sincronizarse con el cambio de guardia y usar inhibidores de frecuencia para silenciar los sensores láser de última generación. Mientras el público arriba admiraba el Guernica de Picasso, abajo, la guerra por el alma del arte europeo llegaba a su fin.
Llegaron a la cámara central. Era una bóveda circular de acero y cristal. En el centro, sobre un pedestal electrificado, descansaba el Libro Maestro. Pero la sala no estaba vacía.
Dante estaba allí, sentado tranquilamente frente al libro, esperándolos. A su lado, cuatro mercenarios de élite de la Fundación mantenían a raya al grupo.
—Bienvenidos al final del camino —dijo Dante, levantándose—. Debo admitir que vuestra perseverancia es admirable. Habéis destruido mis almacenes, expuesto a mis aliados y casi arruinado tres décadas de trabajo.
—Es el fin de la Fundación, Dante —dijo Julian, apuntándole con su arma—. Entrega el libro y tal vez salgas de aquí con vida para ver el juicio.
Dante rió, un sonido seco y amargo. —¿Juicio? Julian, ¿crees que los hombres que aparecen en este libro permitirán un juicio? Si este libro sale de aquí, la mitad de los gobiernos de Europa caerán. Y ellos preferirán quemar este museo contigo dentro antes de que eso ocurra.
Dante activó un temporizador en su tableta. —He colocado cargas de termita en los pilares maestros del museo. En diez minutos, el Reina Sofía y todo lo que contiene —incluyendo el Guernica— dejará de existir. A menos, claro, que me entreguéis el Códice y me dejéis marchar con el Libro Maestro.
El dilema era insoportable. Salvar la historia de la Fundación para castigar a los culpables, o salvar el museo y las obras maestras que representaban la identidad de una nación.
—Marc, ¿puedes desactivarlas? —preguntó Elena desesperadamente.
—Están encriptadas con una clave que solo Dante tiene —respondió Marc, con voz rota—. Julian, si nos vamos ahora, podemos evacuar a la gente de arriba, pero el museo caerá.
Elena miró a Dante, luego al Libro Maestro, y finalmente a la cámara que la observaba desde la esquina. —No —dijo ella con calma—. No vamos a negociar.
Elena no atacó a Dante. En su lugar, usó su conocimiento químico. Lanzó una pequeña cápsula de disolvente reactivo —el que usaba para limpiar barnices viejos, pero potenciado— directamente hacia el pedestal del Libro Maestro. El ácido comenzó a devorar las páginas del registro físico al instante.
—¡No! —gritó Dante, perdiendo su compostura y lanzándose hacia el pedestal para intentar salvar el libro.
En ese momento de distracción, Julian y Elena abrieron fuego contra los mercenarios. En el caos subsiguiente, Elena se abalanzó sobre Dante. No lucharon con armas, sino con las manos. Era una lucha por el control del temporizador.
—¡Dámelo! —rugió Dante, golpeando a Elena.
Ella resistió, logrando arrebatarle la tableta. —Marc, ¡tengo el acceso! —gritó, lanzándole el dispositivo a Marc, quien se había deslizado por el suelo para atraparlo.
Con solo treinta segundos en el reloj, Marc logró introducir una secuencia de cancelación que Julian había extraído del Códice original meses atrás. El temporizador se detuvo en 0:02.
Dante, viendo que todo estaba perdido y que el Libro Maestro era ahora un montón de cenizas y tinta derretida, intentó escapar por el túnel de servicio. Pero Julian fue más rápido. Un disparo preciso impactó en la pierna de Dante, derribándolo.
—Esta vez no vas a caer por un precipicio —dijo Julian, esposándolo—. Esta vez, vas a enfrentarte a la luz.
Semanas después, los titulares del mundo no hablaban de robos, sino de restituciones. Gracias a los datos que Elena había enviado antes de destruir el libro físico, miles de obras volvían a sus legítimos dueños. La Fundación Sombra estaba desmantelada.
Elena se encontraba en el Louvre, frente a una obra que acababa de terminar de restaurar. No era un gran maestro, sino un pequeño retrato de una mujer desconocida que había sido robado de una familia judía en 1942.