El Palacio de la Paz en La Haya se alzaba como un recordatorio de piedra de que el mundo intentaba, al menos en teoría, regirse por la justicia. Pero para Elena, mientras caminaba por los pasillos de mármol escoltada por dos agentes de la Interpol, el edificio se sentía como una jaula de cristal. El aire estaba cargado de una tensión eléctrica; la prensa mundial se agolpaba en las puertas, exigiendo respuestas sobre la "Fundación Sombra", una entidad que muchos aún consideraban una teoría de la conspiración.
—Recuerda, Elena —susurró Julian a su lado, vestido con un traje oscuro que ocultaba las cicatrices de su última batalla—. No estás aquí para salvar el arte. Estás aquí para condenar a los hombres. No dejes que sus abogados te lleven al terreno de la técnica pictórica. Querrán desacreditarte llamándote "fanática de las antigüedades".
Elena asintió, apretando la carpeta que contenía sus notas. Al entrar en la sala del tribunal, el silencio fue absoluto. Al fondo, tras un cristal blindado, se encontraba Dante. Ya no vestía sus trajes a medida de Savile Row, sino un uniforme de recluso, pero su mirada seguía siendo la de un depredador que observa un juego desde la barrera.
El abogado de la defensa, un hombre llamado Sterling con una reputación de haber salvado a dictadores y genocidas, se puso de pie. Su voz era seda pura.
—Señoría, la fiscalía basa todo su caso en el testimonio de una mujer que admite haber participado en robos, sabotajes y destrucción de propiedad privada. La señorita Elena no es una experta independiente; es una vigilante que se mueve por una obsesión personal con su linaje.
Elena subió al estrado. El juramento pesaba sobre ella. Durante horas, Sterling la sometió a un interrogatorio brutal. Cuestionó su salud mental tras la desaparición de su padre, sugirió que ella misma había falsificado las pruebas del Códice para incriminar a coleccionistas legítimos y, lo más peligroso, puso en duda la existencia misma del "Libro Maestro" que ella había destruido en Madrid.
—Usted dice que destruyó el libro para salvar el museo —dijo Sterling, acercándose al estrado—. Pero, ¿no será que lo destruyó porque ese libro probaba que la Fundación era, en realidad, una organización de protección de patrimonio financiada por gobiernos europeos? ¿No será que usted borró la prueba de su propia irrelevancia?
Elena sintió que el mundo giraba. La influencia de la Fundación era profunda. Vio a varios jueces intercambiar miradas de duda. La Sombra no solo robaba arte; robaba la verdad.
—Destruí el libro —dijo Elena, su voz proyectándose con una fuerza que sorprendió incluso a Julian— porque la Fundación cree que la historia es una propiedad privada que se puede comprar y vender. Los nombres en ese libro no eran benefactores; eran carceleros de la cultura. Usted habla de legalidad, pero yo hablo de legitimidad. La Fundación Sombra existe en los huecos de las leyes que ustedes mismos han ayudado a escribir.
Dante sonrió desde su celda de cristal. Sabía que la influencia oculta de la organización estaba trabajando fuera de esa sala. Esa misma noche, el principal testigo de cargo de la fiscalía en Francia fue encontrado muerto. El juicio, que debía ser el colapso de la Sombra, estaba empezando a convertirse en su mayor victoria legal.