El día del veredicto, La Haya estaba sitiada por manifestantes. El mundo exigía justicia, pero los rumores de una absolución por "errores en la cadena de custodia de las pruebas" corrían como la pólvora.
Elena entró en la sala con el disco duro escondido. Marc le había advertido que si intentaba presentarlo de forma legal, sería confiscado y destruido antes de que el juez pudiera verlo. Tenían que jugar fuera de las reglas.
—Señoría —interrumpió el fiscal antes de que el juez leyera la sentencia—, tenemos una nueva evidencia de último minuto.
El juez, un hombre de rostro severo llamado Vanderwaal, negó con la cabeza. —El proceso de presentación de pruebas ha concluido. Procederé con la lectura.
—¡No es una prueba para este juicio! —gritó Elena desde el fondo de la sala—. ¡Es una prueba para el público!
En ese momento, Marc hackeó las pantallas gigantes de la sala del tribunal y, simultáneamente, las transmisiones en vivo de todas las cadenas de noticias que cubrían el evento. En lugar del rostro del juez, el mundo vio los organigramas de la Fundación, las fotos de los "Siete Sombras" y, lo más impactante, un video de seguridad del mismo Juez Vanderwaal recibiendo un maletín en un restaurante de lujo tres días antes.
El caos estalló. Vanderwaal golpeó el mazo, pero nadie lo escuchaba. Los agentes de seguridad intentaron detener a Elena, pero la multitud de periodistas se interpuso, protegiéndola mientras ella gritaba los nombres de los culpables.
Dante, tras el cristal, dejó de sonreír. Su plan de una salida legal se había evaporado. Si bien el juicio podría anularse, la Fundación ya no podía esconderse en las sombras de la legitimidad. Habían sido expuestos ante el tribunal de la opinión pública, un tribunal que no aceptaba sobornos.
—¡Saquen al acusado de aquí! —ordenó un oficial de policía que no estaba en la nómina de la Sombra.
Mientras sacaban a Dante esposado hacia una prisión de máxima seguridad real, Elena sintió una extraña mezcla de alivio y cansancio. Pero Julian la tomó del hombro.
—Mira a Dante, Elena. No tiene miedo. Está mirando a alguien en la galería.
Elena siguió la mirada de Dante. En la última fila, un hombre con una gorra y gafas oscuras se levantó y salió silenciosamente. No era un soldado de la Fundación. Era alguien que se movía con una familiaridad que le heló la sangre.
—Ese caminar... —murmuró Elena—. Julian, ese hombre se mueve exactamente como mi padre.
El juicio había terminado, pero la verdadera pesadilla estaba empezando. La Fundación Sombra había muerto, pero algo más hambriento y personal estaba naciendo de sus restos. Al salir del tribunal, Elena no celebró la victoria. Sabía que la siguiente guerra no sería en un tribunal, sino en los cimientos de su propia vida.