Pecados, Sangre y Seda

La Traición del Mentor.

El taller de Gabriel Archer en Lyon era un mausoleo de memorias. Elena y Julian se infiltraron en el edificio, que oficialmente funcionaba como una consultoría de seguros. En las paredes, Elena no encontró mapas de robos, sino esquemas de "corrección histórica".

—Mira esto, Julian —dijo Elena, señalando un plano del Louvre—. No quieren robar la Gioconda. Quieren revelar lo que hay debajo. Creen que el arte moderno ha ocultado mensajes gnósticos que el mundo no está preparado para ver.

Gabriel Archer apareció en la puerta, sin guardias, sin armas visibles. Vestía un delantal de trabajo, como si acabara de salir de una sesión de restauración.

—Elena —dijo con una tristeza genuina—. Siempre fuiste mi alumna más brillante. Tu padre y yo sabíamos que este día llegaría, pero esperábamos que estuvieras de nuestro lado cuando la Sombra colapsara.

—¿Nuestro lado? —replicó Elena—. La Fundación era una red de criminales, Gabriel. Tú me enseñaste a amar el arte por su verdad, no por su utilidad como herramienta de control.

Gabriel se acercó a una mesa donde descansaba una copia perfecta de un autorretrato de Rembrandt. —La "verdad" es una construcción de los ganadores, Elena. La Fundación se volvió codiciosa, se olvidó de la misión. El Cincel no se trata de dinero. Se trata de devolverle al mundo la iconografía sagrada que ha sido enterrada bajo capas de censura religiosa y política.

Gabriel explicó que su padre no había sido una víctima de la Fundación, sino uno de sus arquitectos ideológicos que intentó retirarse cuando la organización se volvió puramente mercantil. Gabriel, por el contrario, creía que la misión debía continuar de forma más pura y violenta.

—Él no quería que supieras la verdad porque sabía que no podrías soportar el peso —continuó Gabriel—. Tu padre no murió por un error de Dante. Murió porque intentó destruir la "Matriz del Cincel", el software que yo mismo ayudé a crear para identificar las mentiras en el arte europeo.

Julian levantó su arma, pero Gabriel simplemente pulsó un botón en su mesa. Una pared de cristal blindado descendió entre ellos.

—No podéis detenerme porque no soy una organización —dijo Gabriel—. Soy una idea. He sembrado "agentes de limpieza" en todos los grandes museos de Europa. Mañana, a las doce del mediodía, el arte tal como lo conocéis cambiará para siempre. Miles de obras serán "limpiadas" simultáneamente.

—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó Elena, golpeando el cristal.

—Porque quiero que seas tú quien presione el botón de parada. Pero para hacerlo, tendrás que destruir la última obra de tu padre. Es la única que contiene el código de anulación. El precio de salvar la historia es borrar el único rastro físico que te queda de él.

Gabriel desapareció por una trampilla oculta, dejando a Elena ante la decisión más cruel de su vida. El Nuevo Enemigo no quería su muerte; quería que ella misma cometiera el acto de iconoclasia definitivo.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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