La búsqueda de Gabriel Archer no comenzó en la superficie, sino en los nervios de acero y piedra que sostienen a París. Marc había rastreado un pulso de datos intermitente que no provenía de ninguna antena satelital, sino de los repetidores de baja frecuencia instalados en los niveles más profundos de las catacumbas, mucho más allá de las zonas permitidas para los turistas.
—La Matriz del Cincel no es solo un software —explicó Marc, ajustando su linterna frontal mientras descendían por una escalera de caracol oxidada en el distrito 14—. Es un ecosistema. Gabriel necesita una temperatura constante y un aislamiento electromagnético total para que sus servidores de procesamiento cuántico no sean detectados. Las canteras de piedra caliza bajo París son el refugio perfecto.
Elena sentía el peso de la tierra sobre su cabeza. El aire era húmedo y olía a salitre y a siglos de olvido. Julian caminaba delante, con un detector de movimiento en la mano izquierda y una pistola silenciada en la derecha.
—Archer sabe que venimos —susurró Julian—. Un hombre que diseña un sistema para "purgar" la historia no deja su retaguardia desprotegida.
A medida que avanzaban, las paredes de huesos y caliza empezaron a cambiar. Ya no eran túneles irregulares, sino pasadizos reforzados con fibra de carbono y cables de fibra óptica que brillaban con un azul eléctrico tenue. Era la infraestructura de "El Cincel", injertada en el pasado de la ciudad como un parásito.
De repente, el detector de Julian emitió un pitido agudo. De las sombras de un osario lateral surgieron tres figuras vestidas con trajes tácticos grises, sin insignias. No eran simples guardias; se movían con la precisión de antiguos operativos de fuerzas especiales.
—¡Abajo! —gritó Julian.
El tiroteo fue breve y ensordecedor en el espacio confinado. Los atacantes no usaban balas convencionales, sino dardos de choque diseñados para incapacitar sin dañar la estructura del túnel. Julian logró neutralizar a dos, pero el tercero activó una carga explosiva en el techo del pasaje antes de caer.
Un estruendo sacudió la tierra y una lluvia de escombros bloqueó el camino de regreso.
—Estamos atrapados en el nivel inferior —dijo Elena, limpiándose el polvo de los ojos—. Pero miren...
Frente a ellos, la explosión había revelado una puerta de acero reforzado con el emblema de un cincel cruzando un ojo. Al abrirse, no encontraron una oficina, sino una sala de servidores que se extendía por lo que parecía ser un antiguo refugio nuclear de la Guerra Fría. En las pantallas gigantes, miles de obras de arte de todo el mundo aparecían escaneadas en 3D, siendo analizadas por algoritmos que buscaban "anomalías" históricas.
—Es la Matriz —murmuró Marc, lanzándose hacia la consola principal—. Pero Gabriel no está aquí. Está operando desde un nodo móvil. Lo que vemos aquí es solo el centro de procesamiento de datos brutos.
Elena se acercó a una de las pantallas. Vio una imagen de Las Meninas de Velázquez. El software estaba "limpiando" las figuras del fondo, sugiriendo que eran añadiduras posteriores para ocultar un mensaje político.
—No solo quieren borrar —dijo Elena con horror—. Quieren reescribir. Si Archer logra procesar estas imágenes y distribuirlas como las "versiones auténticas" en los libros de texto digitales y museos virtuales, la verdadera historia desaparecerá en una generación.
Un mensaje apareció en la pantalla principal. Era un video pregrabado de Gabriel Archer. Aparecía sentado en una biblioteca que Elena reconoció de inmediato: la biblioteca privada de su padre.
—"Elena, si estás viendo esto, ya has cruzado el punto de no retorno. París es solo el primer nodo. La Matriz es global. Para detenerme, no necesitas hackear un servidor; necesitas encontrar el corazón de la red. Y el corazón está donde todo comenzó: bajo la arena".
—¿Bajo la arena? —preguntó Julian—. ¿Se refiere a Egipto?
—No —respondió Elena, recordando un viaje de su infancia—. Se refiere a las ciudades subterráneas de Capadocia, en Turquía. Allí es donde mi padre y él encontraron el primer Códice.