Pecados, Sangre y Seda

La Puerta de los Eones.

El agua del Adriático era de un azul cobalto que se volvía negro a medida que la campana de buceo descendía. Elena sentía la presión no solo en sus oídos, sino en su pecho. A su lado, Julian, con el casco de buceo de alta tecnología puesto, era una figura silenciosa y blindada. A través del intercomunicador, la voz de Gabriel Archer llegaba con una distorsión metálica desde la superficie.

—Estamos a trescientos metros. Elena, prepárate para la salida extravehicular. Julian, asegúrala. Si intenta nadar hacia la libertad, la presión se encargará de ella antes de que llegue a los diez metros.

La escotilla se abrió y la oscuridad los reclamó. Al encender las potentes linternas de sus trajes, la Ciudad de los Testigos emergió de las tinieblas. No era una ruina; era una anomalía. Los edificios de mármol blanco, protegidos por un campo de energía osmótica que repelía el sedimento, brillaban como si hubieran sido construidos ayer. En el centro, una pirámide truncada albergaba la entrada principal: el Templo de la Verdad.

Caminaron sobre el lecho marino con movimientos lentos y pesados. Al llegar a la puerta, Elena vio el panel. No era piedra, sino un cristal líquido que reaccionaba al calor biológico.

—Es un sensor de linaje —susurró Elena, su voz temblando en el casco—. Mi padre no solo dejó su sangre aquí; dejó una advertencia.

—Hazlo, Elena —dijo Julian. Su voz sonaba distante, despojada de la calidez que ella recordaba. ¿Seguía actuando para los micrófonos de la plataforma o algo en él se había roto definitivamente en las montañas de Montenegro?

Elena presionó su palma contra el cristal. Un dolor agudo le recorrió el brazo cuando una micro-aguja extrajo una muestra de sangre. El templo rugió. Un sonido de baja frecuencia que hizo vibrar sus pulmones. La puerta se deslizó hacia los lados, revelando un túnel iluminado por una luz fosforescente verde.

Al entrar, el agua fue expulsada por un sistema de esclusas de aire que funcionaba con una precisión imposible para una estructura de mil años. Se quitaron los cascos. El aire olía a ozono y a menta.

—Estamos dentro —anunció Julian a la superficie.

De inmediato, el equipo de los Sombras empezó a descender. No iban a esperar. Silas Varga y la Baronesa Von Zale fueron los primeros en cruzar el umbral, seguidos por Tanaka y Sterling. Archer permanecía en la superficie, dirigiendo la orquesta desde su trono tecnológico.

—¡Es mío! —gritó la Baronesa al ver las estatuas de oro que flanqueaban el pasillo principal—. ¡Cada una de estas piezas vale más que un país pequeño!

—Cuidado —advirtió Elena, retrocediendo—. Mi padre decía que los Testigos no protegían su arte con muros, sino con lógica. Cada paso es una pregunta.

La Baronesa, cegada por la codicia, corrió hacia una joya que flotaba sobre un pedestal magnético. En cuanto sus dedos rozaron el aire circundante, el suelo debajo de ella se transformó en una serie de engranajes rotatorios. Un mecanismo de relojería gigante, oculto bajo el mármol, empezó a girar.

—¡Ayuda! —chilló la Baronesa mientras sus piernas quedaban atrapadas en los dientes de bronce.

Silas Varga no se movió para ayudarla. En cambio, sacó su arma y apuntó a Tanaka.

—La Baronesa ya no es necesaria —dijo Varga con una sonrisa cruel—. Y tú, genio de la robótica, eres el siguiente si no me dices cómo desactivar los centinelas automáticos que acaban de despertar en el techo.

Julian aprovechó el caos. Agarró a Elena por la cintura y la lanzó tras una columna de jade. El templo había pasado de ser un museo a ser un matadero. Las sombras finalmente mostraban sus verdaderos rostros bajo la luz de los Testigos.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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