El ruido de la Baronesa siendo devorada por el mecanismo del templo fue reemplazado por el tableteo de las armas automáticas. Silas Varga estaba disparando contra los drones de defensa que descendían del techo como arañas metálicas. Tanaka, el tecnócrata, intentaba usar su tableta para hackear el sistema de la ciudad, pero el código de los Testigos no era binario; era geométrico.
—¡Julian, ayúdame! —gritó Sterling, el abogado, oculto tras un altar—. ¡Te daré el doble de lo que Archer te ofreció!
Julian no respondió. Sus ojos estaban fijos en el final de la sala, donde una segunda puerta, marcada con el símbolo del Cincel original, empezaba a cerrarse.
—Elena, escucha —le dijo Julian, pegando su frente a la de ella—. No me infiltré solo para buscar nombres. Me infiltré para poner un virus en el sistema de soporte vital de la plataforma Medusa. En diez minutos, Archer perderá el control de todo. Pero necesitamos estar al otro lado de esa puerta.
—¿Por qué me trataste así en la cena? —preguntó Elena, las lágrimas mezclándose con el sudor de su rostro.
—Porque Varga estaba buscando cualquier excusa para matarte. Tenía que convencerlos de que eras una herramienta, no mi debilidad. Perdóname.
Un proyectil de plasma de uno de los centinelas explotó cerca. Julian se levantó y disparó con precisión quirúrgica, derribando a dos de los drones. Varga, viendo que Julian y Elena se escapaban hacia la cámara interior, dejó de disparar a las máquinas y apuntó a Julian.
—¡Nadie sale de aquí con el premio! —rugió el Coronel.
La bala impactó en el hombro de Julian. Él se tambaleó, pero no cayó. Elena lo sostuvo, arrastrándolo hacia la abertura de la puerta que se cerraba. Detrás de ellos, Tanaka gritó cuando uno de los centinelas le atravesó el pecho con un rayo de calor. El tecnócrata cayó sobre su tableta, causando un cortocircuito que hizo que las luces del templo parpadearan violentamente.
Sterling intentó seguirlos, pero la puerta se cerró con la fuerza de una guillotina, atrapando solo su maletín de cuero.
Ahora estaban solos en la Cámara del Canon. El silencio era absoluto, roto solo por la respiración agitada de Julian y el goteo de su sangre sobre el suelo de cristal transparente. Bajo ellos, podían ver el corazón de la ciudad: un motor de energía eterna que mantenía el ecosistema submarino.
—Estamos en el centro —susurró Elena, ayudando a Julian a sentarse contra una pared de inscripciones—. Aquí es donde Archer cree que está el secreto para reescribir la historia.
En el centro de la sala no había oro, ni joyas, ni tecnología avanzada. Solo había un espejo. Pero no reflejaba el presente. Reflejaba lo que el observador más temía o más deseaba.
Elena se acercó al espejo. En su reflejo, vio a su padre, no muerto, sino joven y orgulloso. Pero a medida que miraba, la imagen de su padre se desvanecía, revelando que él también había sido parte de El Cincel en sus inicios. La verdad era que nadie era puro.
—Julian, mira —dijo Elena.
Julian se arrastró hasta el espejo. Su reflejo no mostraba al soldado, ni al traidor. Mostraba un campo de batalla lleno de flores blancas, donde todos sus compañeros caídos caminaban en paz. La Ciudad de los Testigos no guardaba armas; guardaba la catarsis.
Pero la paz duró poco. La voz de Gabriel Archer retumbó a través de los altavoces de emergencia de la cámara. Había recuperado el control.
—Felicidades, niños. Habéis sobrevivido al filtro. Ahora, abrid la consola principal. Si no lo hacéis, inundaré la cámara en treinta segundos. He sacrificado a mis socios, no me importará sacrificaros a vosotros. Total, ya tengo las coordenadas del motor. No necesito testigos.