Pecados, Sangre y Seda

El Sacrificio de la Máquina.

El agua no entró como un torrente, sino como una sentencia de muerte sutil. Un siseo persistente llenaba la Cámara del Canon mientras las juntas de cristal líquido empezaban a ceder bajo la presión de trescientos metros de océano. Julian estaba apoyado contra el muro de inscripciones, presionando su mano herida contra el frío mármol. La sangre, de un rojo casi negro bajo la luz esmeralda del templo, trazaba un mapa de fracaso sobre el suelo inmaculado.

—Elena, tienes que escucharme —dijo Julian, su voz era un hilo de seda desgarrado—. El tiempo de las palabras se ha acabado. El virus que Marc diseñó es una bomba lógica. No puede lanzarse desde un satélite ni desde una terminal remota. La red de los Testigos es un sistema cerrado, una red neuronal biotecnológica. Si quiero freír la Matriz de Archer, tengo que ser yo quien conecte el cable.

Elena se arrodilló a su lado. El frío del agua, que ya cubría sus tobillos, era un recordatorio constante de su mortalidad. —No me pidas que te deje aquí. No después de lo que pasamos en los Alpes, no después de que me rescataras de esa celda. Julian, prometiste que saldríamos juntos.

—Prometí que te salvaría —corrigió él, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Y salvarte significa que no haya un mundo donde Gabriel Archer pueda encontrarte de nuevo.

En la superficie, la plataforma Medusa vibraba con una energía frenética. Gabriel Archer, desde su centro de mando, observaba las métricas. Los sensores detectaban actividad masiva en la Cámara del Canon. —¡Inyectad el suero de datos! —ordenó Archer—. ¡No me importa si sus cerebros estallan, quiero que esa interfaz se abra!

En la cámara, el espejo central, una pieza de obsidiana translúcida, comenzó a pulsar con una luz violeta. No era solo un reflejo; era una ventana. Julian sacó el dispositivo de Marc: un núcleo de datos que brillaba con una luz azul eléctrica.

—Elena, el sistema de evacuación de emergencia está detrás del altar de jade —dijo Julian, empujándola suavemente—. Es una cápsula de presión ascendente. Solo tiene espacio para uno. Está diseñada para los sacerdotes de esta ciudad. Si te vas ahora, la descompresión será automática. Estarás en la superficie en cuatro minutos.

—¿Y tú? —preguntó ella, con el alma rota.

—Yo voy a darle a Gabriel lo que tanto desea: la Verdad. Pero se la voy a dar toda a la vez.

El agua ya les llegaba a la cintura. Los drones centinelas, dañados por el tiroteo anterior, flotaban en el agua como medusas muertas, echando chispas que iluminaban la estancia con destellos azules. Julian se arrastró hasta la consola del espejo. Sus dedos temblaban. Sabía que al conectar el núcleo, su propio sistema nervioso actuaría como un puente. La cantidad de datos que pasaría a través de él sería equivalente a mil años de historia comprimidos en un segundo.

—Julian... —susurró Elena.

Él se giró y la besó. Fue un beso que sabía a sal, a sangre y a una desesperación que Elena nunca olvidaría. Fue el beso de alguien que ya se consideraba un fantasma. —Vete. Ahora. Es una orden, Elena. Vive por los dos.

Elena, con las lágrimas nublando su visión, corrió hacia el altar de jade. El mecanismo se activó con un zumbido magnético. Una cápsula de forma ovalada emergió del suelo. Entró en ella y, a través del cristal reforzado, vio a Julian conectar el cable al espejo.

Lo último que vio antes de que la cápsula se disparara hacia el abismo superior fue a Julian rodeado por una corona de electricidad blanca. Su cuerpo se arqueó, sus ojos se iluminaron con una luz cegadora y el espejo de obsidiana estalló en un millón de fragmentos de datos puros. El grito de Julian no fue de dolor, sino un rugido de triunfo que pareció sacudir los cimientos mismos del Adriático.

La cápsula subió como un proyectil. Elena sintió la presión aplastarla contra el asiento mientras veía cómo la Ciudad de los Testigos se convertía en un punto de luz que finalmente desaparecía en la oscuridad total del fondo marino.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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