Pecados, Sangre y Seda

Las Cenizas de Medusa.

El ascenso fue un borrón de dolor y silencio. Cuando la cápsula de Elena rompió la superficie, lo hizo en medio de un infierno de metal y fuego. La plataforma Medusa estaba colapsando. El virus de Julian no solo había borrado la Matriz de los servidores; había causado una sobrecarga física en los generadores de la plataforma. Las torres de comunicaciones se doblaban como juncos bajo el calor, y el helipuerto estaba envuelto en llamas negras.

Elena salió de la cápsula, tosiendo, sus pulmones ardiendo por el cambio de presión. El mar a su alrededor estaba cubierto de una película de petróleo y restos de tecnología. A unos metros, un bote de salvamento se acercaba. Marc estaba al timón, su rostro cubierto de hollín, pero sus ojos brillaban con un alivio salvaje.

—¡Elena! ¡Sube! —gritó Marc, extendiendo la mano.

Ella subió al bote y se desplomó en el suelo de madera. Miró hacia atrás, esperando ver otra cápsula, otro milagro. Pero solo vio la explosión final de la Medusa. La plataforma se partió en dos, hundiéndose en el abrazo del mar con un rugido ensordecedor. Gabriel Archer, sus sueños de divinidad y los pecados de los Sombras se hundieron con ella.

—¿Dónde está él? —preguntó Marc, aunque ya sabía la respuesta por el silencio de Elena.

—Él es el virus ahora —susurró ella, mirando el humo que se elevaba hacia el cielo del amanecer—. Destruyó la red desde adentro. No quedó nada para que Archer pudiera reconstruir.

Marc arrancó el motor. Tenían que alejarse antes de que las autoridades llegaran, o antes de que los restos del Cincel que aún quedaban en tierra intentaran cazarlos. Mientras el bote se alejaba de la zona del desastre, Elena sintió un vacío que ninguna victoria podría llenar. Julian no era solo un agente o un amante; era el hombre que se había despojado de su propia humanidad para devolverle a ella la suya.

Dos semanas después. Venecia.

Elena caminaba por los canales interiores, lejos de las rutas turísticas. Llevaba una peluca morena y gafas oscuras. Marc le había conseguido una identidad nueva, pero ella seguía sintiéndose como una extraña en su propio cuerpo. Se detuvo frente a un pequeño escaparate de una librería antigua.

En el interior, un hombre estaba de espaldas, revisando unos manuscritos. Su hombro derecho estaba ligeramente caído, como si cargara con una herida vieja. El corazón de Elena dio un vuelco. Se quedó paralizada, observando cada movimiento del hombre. Cuando él se giró para hablar con el librero, Elena cerró los ojos. No era Julian. No podía serlo.

Se alejó, sintiendo el peso del dispositivo que llevaba en el bolsillo. Era el pequeño transmisor que Julian le había dado antes de entrar en la ciudad sumergida. Nunca había dejado de emitir una señal débil, un pulso constante que Marc no había podido descifrar.

Esa noche, en una pequeña pensión cerca de la Plaza de San Marcos, Elena activó el dispositivo. No esperaba nada, quizá solo una grabación, un adiós. Pero lo que apareció en la pantalla de su tableta fue algo mucho más complejo. Era un flujo de datos en tiempo real. Coordenadas. Nombres de cuentas bancarias en Suiza. Y una serie de mensajes interceptados de agencias de inteligencia de todo el mundo.

Julian no había muerto simplemente; se había convertido en un fantasma digital. El virus no lo había borrado, lo había integrado. En algún lugar de la vasta red de servidores que aún quedaban en el mundo, una parte de su conciencia, o quizás una inteligencia artificial modelada con sus recuerdos y su voluntad, seguía operando.

"Sigue adelante, Elena", decía un mensaje de texto que apareció en la pantalla, con un remitente en blanco. "La historia es tuya ahora. Escribe un final que valga la pena".

Elena sonrió a través de las lágrimas. El Dark Romance no siempre termina con un abrazo físico bajo la lluvia. A veces, termina con la comprensión de que el amor es una conexión que trasciende la materia, un código imborrable en el sistema operativo del universo.

Salió al balcón y miró las estrellas. Sabía que mientras hubiera una luz encendida en alguna parte del mundo, mientras un servidor siguiera funcionando, Julian estaría allí, vigilando desde las sombras, asegurándose de que el Cincel nunca volviera a alzarse. Habían perdido el mundo que conocían, pero habían ganado una eternidad diferente. Una eternidad de datos, sacrificio y una verdad que nadie podría volver a hundir.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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