La conexión duró lo que pareció una eternidad, pero solo fueron tres minutos de agonía pura. Elena se desplomó en los brazos de Julian cuando las sondas se retrajeron, dejando pequeñas marcas violáceas en su piel. Su mirada estaba desenfocada, y un hilo de sangre corría por su nariz.
—Lo... lo hice —susurró ella, apenas audible—. He inyectado el virus en el nodo central. Pero Archer tiene copias de seguridad. Seis nodos más... en diferentes continentes. Hemos ganado esta batalla, pero la guerra acaba de dispersarse.
El templo comenzó a gemir. Las placas tectónicas, alteradas por la energía liberada, estaban reclamando la ciudad sumergida. Julian cargó a Elena en sus hombros. La herida de su propia pierna gritaba de dolor, pero la adrenalina era un combustible oscuro que lo mantenía en pie.
Corrieron a través de los pasillos inundados, esquivando escombros de mármol y tecnología antigua. Detrás de ellos, la Cámara del Canon colapsó en una nube de polvo esmeralda. Julian llegó a la esclusa de emergencia donde una cápsula de escape, similar a un pequeño sumergible, los esperaba.
Al entrar y sellar la escotilla, el silencio fue absoluto, roto solo por el pitido de los sistemas de soporte vital. Julian activó el lanzamiento. La cápsula se disparó hacia la superficie justo cuando la base de la ciudad estallaba en una implosión silenciosa bajo el peso del océano.
—Estamos vivos —dijo Julian, acariciando el rostro de Elena mientras ascendían a través de las aguas negras.
—Estamos en deuda —corrigió ella, abriendo los ojos. Su iris, antes café, ahora tenía destellos dorados, un efecto secundario de la interfaz—. He visto sus planes, Julian. He visto dónde están los otros nodos. No podemos volver a casa. No podemos ir a la Interpol ni a la CIA. Archer tiene gente en todas partes.
—Entonces seremos fantasmas —decidió Julian—. Si Archer quiere una guerra de sombras, le daremos la sombra más oscura que jamás haya visto.
Cuando la cápsula emergió a la superficie, no estaban solos. A lo lejos, el resplandor de la plataforma Medusa indicaba que Marc había logrado causar daños estructurales, pero la plataforma seguía en pie. Helicópteros negros con el emblema del Cincel sobrevolaban la zona, buscando supervivientes.
Julian apagó todos los sistemas electrónicos de la cápsula para evitar la detección térmica. Flotaron a la deriva en la oscuridad del Adriático, escondidos entre los restos de la batalla.
—Esto es solo el principio —dijo Julian, mirando el horizonte—. Tenemos 48 horas antes de que el primer nodo en El Cairo se active.
Elena se acurrucó contra él. El romance que los unía se había transformado. Ya no era una danza de cazador y presa, ni una pasión nacida del trauma. Ahora eran dos armas forjadas en el mismo fuego, listas para cortar la garganta de una organización milenaria.
—¿A dónde vamos primero? —preguntó ella.
—A buscar a un viejo enemigo —respondió Julian con una sonrisa sombría—. Alguien que Archer cree que está muerto, pero que tiene las llaves de su caída.
La cápsula se alejó lentamente de las luces de la Medusa, perdiéndose en la inmensidad del mar, mientras en el mundo exterior, el primer tic-tac de un reloj apocalíptico empezaba a sonar. La caza de los siete nodos había comenzado.