El calor de El Cairo golpeó a Julian como un muro físico en cuanto bajaron del transporte de carga ilegal. Atrás quedaba el frío azul del Adriático; aquí, el aire olía a especias, gases de escape y secretos milenarios. Se encontraban en el barrio de Jan el-Jalili, un laberinto donde un hombre podía desaparecer para siempre o ser vendido al mejor postor.
Elena caminaba a su lado, oculta tras unas gafas de sol oscuras y un pañuelo que cubría su cabello ahora teñido de un castaño cobrizo. Se movía con una fluidez nueva, casi depredadora. Julian notó que ella ya no miraba los escaparates, sino las sombras y los puntos ciegos.
—¿Quién es este "viejo enemigo" que estamos buscando? —preguntó Elena, bajando la voz mientras sorteaban a un grupo de turistas.
—Se hace llamar Malik el-Zaman. Fue un alto mando del Cincel antes de que Archer tomara el control total —explicó Julian, guiándola hacia un callejón estrecho—. Malik intentó un golpe de estado interno. Archer lo dio por muerto en una purga en Estambul, pero yo fui quien le dio el disparo de "gracia".
Elena se detuvo en seco, tirando de su brazo.
—¿Le disparaste y ahora esperas que nos ayude?
—Le disparé en el hombro y lo empujé al Bósforo cerca de una patrulla de rescate que yo mismo había avisado. Malik me debe la vida, aunque probablemente todavía quiera romperme la cara por la cicatriz.
Llegaron a una tienda de antigüedades que parecía desmoronarse. En el escaparate, ídolos de barro y relojes rotos acumulaban polvo. Julian dio tres golpes rítmicos en la madera pesada de la puerta. Un pequeño visor se abrió, revelando un ojo oscuro y nublado. Tras un intercambio de palabras en un dialecto árabe cerrado, la puerta crujió y se abrió.
El interior estaba sumido en una penumbra fresca. Al fondo, sentado tras un escritorio de caoba tallada, un hombre de rostro surcado por cicatrices fumaba una narguile. Malik el-Zaman no se levantó, pero su mano derecha desapareció bajo el escritorio.
—Julian el Traidor —dijo Malik en un inglés impecable—. Dicen que has quemado el templo del Adriático. Archer ha puesto precio a tu cabeza... y a la de la mujer. Seis millones de euros. Vivos o muertos, aunque prefiere muertos.
—Entonces soy una ganga, Malik —respondió Julian, acercándose con las manos a la vista—. Porque lo que traigo vale mucho más que seis millones.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es?
—La ubicación del Nodo de Osiris —soltó Julian.
Malik se tensó. El humo de la narguile se detuvo en el aire. El Nodo de Osiris era el corazón del sistema de comunicaciones de los Testigos en África, una antena de control mental camuflada bajo una de las infraestructuras más vigiladas de Egipto.
—Ese nodo está en la Ciudad de los Muertos —dijo Malik, su voz ahora un susurro—. Nadie entra allí sin ser detectado por los drones térmicos de Archer. Es una zona de exclusión.
—Ella puede entrar —dijo Julian, señalando a Elena—. Su firma biométrica todavía registra como "prioridad alta" para el sistema de Archer. Puede engañar a los sensores el tiempo suficiente para que nosotros coloquemos la carga de pulso electromagnético.
Malik miró a Elena, evaluándola como si fuera una pieza de artillería. Elena le sostuvo la mirada sin parpadear.
—Si fallamos, no solo moriremos nosotros —intervino Elena—. Si ese nodo se activa mañana, cada mente en un radio de mil kilómetros será propiedad de Archer. Incluida la tuya, Malik.
El hombre de las cicatrices soltó una carcajada amarga y finalmente sacó la mano de debajo de la mesa. Sostenía un mapa digital de alta resolución.
—Necesitaréis armas, uniformes de la guardia local y un vehículo que no aparezca en ningún satélite. Yo os daré el equipo, pero quiero algo a cambio.
—¿Qué? —preguntó Julian.
—Cuando matéis a Archer... quiero ser yo quien confirme que su cuerpo es ceniza.
Julian asintió. El pacto estaba sellado con sangre y odio común. Pero mientras salían hacia la parte trasera de la tienda para prepararse, Julian sintió un escalofrío. El contacto con el espejo de obsidiana había cambiado a Elena más de lo que ella admitía. En el reflejo de una vitrina, vio que sus ojos dorados brillaban por un segundo en la oscuridad.
La misión en Egipto no era solo destruir un nodo; era la primera prueba para ver si Elena seguía siendo la mujer que amaba o si se estaba convirtiendo en el arma final de su enemigo.