Pecados, Sangre y Seda

La Sombra de un Dios.

La noche sobre el desierto de Saqqara no era negra, sino de un azul eléctrico, cargada con la estática de las tormentas de arena que se gestaban en el horizonte. Julian y Elena se habían refugiado en una excavación arqueológica abandonada, a pocos kilómetros de la Gran Pirámide de Zoser. Malik les había proporcionado lo necesario para una huida rápida, pero el aire se sentía pesado, como si el cielo mismo estuviera estrechándose a su alrededor.

Julian limpiaba su pistola táctica por inercia, sus dedos moviéndose con la precisión de un autómata. Sus ojos, sin embargo, no dejaban de vigilar la entrada de la cueva. Elena estaba sentada frente a un pequeño hornillo, pero no cocinaba. Sus manos estaban extendidas sobre las llamas, y Julian notó con una punzada de temor que el fuego no parecía quemarla. Sus pupilas estaban dilatadas, devorando el iris dorado.

—Viene —susurró ella. Su voz no sonaba como la suya; tenía un eco metálico, una resonancia que parecía vibrar en los huesos de Julian.

—¿Archer? —preguntó él, poniéndose en pie y enfundando el arma.

—No. Algo... que nació de él. Una extensión de su voluntad. No es un hombre, Julian. Es una ecuación resuelta.

A diez kilómetros de allí, un transporte furtivo de alta tecnología aterrizaba sin hacer ruido sobre las dunas. De su interior no bajó un escuadrón, sino una sola figura. Se llamaba Unit-7, pero en los registros prohibidos del Cincel se le conocía como "El Primer Apóstol".

Físicamente, el Apóstol era una obra maestra de la bioingeniería. Su piel tenía un tono grisáceo, casi de porcelana, reforzada con nanofibras de carbono bajo la dermis. Sus músculos habían sido reescritos para ignorar el ácido láctico y el dolor. Pero lo más aterrador era su mente: un enlace directo con la red satelital de Archer. No necesitaba buscar a sus presas; el mundo entero, a través de cada sensor térmico y cámara orbital, le susurraba dónde estaban.

El Apóstol comenzó a correr. No lo hacía como un humano; su zancada era antinaturalmente larga, cubriendo metros de arena con una eficiencia aterradora. No jadeaba. Su corazón latía a un ritmo constante de cuarenta pulsaciones por minuto, incluso a máxima velocidad.

En la cueva, Julian sintió que el vello de su nuca se erizaba. El instinto que lo había mantenido vivo durante años en el Cincel le gritaba que el peligro no estaba cerca, sino encima.

—Elena, muévete. ¡Ahora! —gritó Julian, agarrando su mochila de equipo.

Apenas habían cruzado el umbral de la excavación cuando una detonación sónica sacudió la estructura. No fue una explosión de pólvora, sino un proyectil de energía cinética que pulverizó la entrada de piedra. Julian fue lanzado hacia adelante por la onda expansiva, rodando sobre la arena caliente.

A través del polvo, vio la silueta. El Apóstol caminaba hacia ellos con una calma divina. No llevaba armas de fuego visibles; no las necesitaba. En sus antebrazos, unas cuchillas retráctiles de monomolecular de carbono brillaban con una luz azulada.

—Julian Cross —dijo el Apóstol. Su voz era una síntesis perfecta, carente de cualquier inflexión emocional—. Tu contrato de existencia ha sido revocado. La mujer debe ser devuelta al Origen. Tú eres excedente biológico.

Julian respondió con una ráfaga de su fusil de asalto. Las balas impactaron en el pecho del Apóstol, pero en lugar de atravesarlo, rebotaron con un sonido metálico. El asesino ni siquiera retrocedió. Con un movimiento casi demasiado rápido para la vista humana, el Apóstol cerró la distancia.

Julian apenas tuvo tiempo de levantar su cuchillo de combate. El choque fue brutal. La fuerza del Apóstol era equivalente a la de una prensa hidráulica. Julian sintió que los huesos de su brazo crujían bajo la presión.

—¡Corre, Elena! —bramó Julian, tratando de clavar su rodilla en el abdomen del atacante.

Pero Elena no corrió. Se quedó de pie, con el cabello azotado por el viento, y sus ojos se encendieron con una luz cegadora. El suelo bajo sus pies comenzó a agrietarse.

—Déjalo —dijo Elena.

El Apóstol giró la cabeza hacia ella, procesando la amenaza. Por primera vez, el enlace de Archer en su cerebro vaciló. Elena no estaba usando fuerza física; estaba manipulando la gravedad misma de la zona. Las piedras comenzaron a flotar.

—Sujeto detectado con anomalía de Grado 5 —monologó el Apóstol, soltando a Julian como si fuera un juguete roto—. Prioridad de captura: Máxima.

El asesino se impulsó hacia Elena, pero ella levantó una mano y una onda de choque invisible lo golpeó en el aire, mandándolo a estrellarse contra una columna de granito. Julian, jadeando y con el hombro dislocado, vio con horror cómo Elena se elevaba unos centímetros sobre la arena. Estaba perdiendo su humanidad para salvarlo, y ese sacrificio era exactamente lo que Archer quería provocar.

—Elena, detente... vas a romperte por dentro —suplicó Julian, intentando alcanzarla.

Pero el Apóstol ya se estaba levantando, reparando sus circuitos internos en tiempo real. La batalla por el alma de Elena acababa de comenzar en el lugar más antiguo del mundo.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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