Pecados, Sangre y Seda

El Protocolo de Carne y Acero.

El impacto contra la columna de granito habría matado a cualquier ser vivo, pero el Apóstol se puso de pie con una fluidez mecánica que desafiaba la lógica. Sus articulaciones emitieron un zumbido agudo mientras los servomotores internos compensaban el daño estructural. En su visión de realidad aumentada, Elena estaba rodeada por una aureola de energía púrpura y dorada: era el "Efecto Espejo" en su estado más puro.

—Nivel de estrés celular en el objetivo: 84% —informó la voz de Archer directamente en el córtex del Apóstol—. Sigue presionando. Necesito que su sistema nervioso colapse para que la transición sea completa.

Julian, ignorando el dolor punzante de su hombro, logró encajar su articulación contra el borde de una piedra con un grito ahogado. Tenía que distraer a esa cosa. Sabía que Elena no podría mantener ese nivel de poder por mucho tiempo sin sufrir un derrame cerebral o algo peor.

Buscó en su mochila y extrajo una granada de pulso electromagnético (EMP) que Malik le había dado. Era tecnología experimental, diseñada para freír circuitos de tanques modernos.

—¡Oye, hojalata! —gritó Julian, disparando a los ojos del Apóstol para ganar su atención.

El asesino giró, su procesador evaluando la amenaza menor. Julian lanzó la granada. El Apóstol, con una velocidad de reacción inhumana, atrapó la granada en el aire. Pero ese era el plan de Julian.

—Ahora, Elena... ¡haz que explote! —rugió Julian.

Elena, con un hilo de sangre corriendo por su nariz, concentró su voluntad en el pequeño dispositivo en la mano del Apóstol. No necesitaba apretar un gatillo; manipuló los electrones dentro de la carcasa. La explosión de EMP no fue ruidosa, sino un estallido de luz blanca que distorsionó el aire.

El Apóstol colapsó. Sus sistemas de estabilización fallaron y cayó de rodillas, con chispas brotando de las ranuras de su piel sintética. Julian no perdió un segundo. Corrió hacia él con una carga de C4 que llevaba en el cinturón.

—¡Espera! —la voz de Elena lo detuvo. No era una orden, era una advertencia.

El Apóstol no estaba desactivado. Su sistema de respaldo, una red neuronal biológica que no dependía de la electricidad, tomó el mando. Agarró a Julian por el cuello antes de que este pudiera colocar la carga. Los dedos del asesino se hundieron en la tráquea de Julian.

—Error de sistema superado —dijo el Apóstol, aunque su voz ahora era rasposa, distorsionada—. El traidor será ejecutado ahora.

Elena soltó un grito que no fue humano. Fue una frecuencia que hizo que los escorpiones en la arena murieran instantáneamente. Se lanzó contra el Apóstol, no con energía, sino con sus propias manos. La fuerza de su impacto los mandó a ambos rodando por la duna.

Julian cayó al suelo, tosiendo, tratando de recuperar el aire. Vio a Elena y al Apóstol en una lucha frenética. Ella golpeaba con una fuerza que rompía el acero, pero el Apóstol estaba diseñado para el desgaste. Cada golpe que recibía, lo aprendía. Estaba adaptando sus técnicas de combate al estilo errático y desesperado de Elena.

—Estás cansándote, Elena —susurró el Apóstol entre golpes—. Tu corazón no puede bombear sangre lo suficientemente rápido para alimentar el Espejo. Entrégate.

Julian logró ponerse de pie. Vio el punto débil: en la base del cráneo del Apóstol, donde la columna se unía con el procesador central, una pequeña luz roja parpadeaba tras el estallido del EMP. Era el puerto de diagnóstico.

—¡Elena, mantenlo quieto! —ordenó Julian, sacando un pequeño cuchillo de cerámica, no detectable por sensores de metales.

Elena envolvió sus brazos alrededor del torso del Apóstol en un abrazo suicida. El asesino activó sus cuchillas de antebrazo, atravesando el costado de Elena. Ella gimió, pero no lo soltó. Sus ojos se fijaron en los de Julian con una súplica silenciosa: Hazlo ahora.

Julian saltó sobre la espalda del monstruo. Clavó el cuchillo de cerámica con toda su alma en el puerto de la nuca. El Apóstol se sacudió violentamente. Un sonido agudo, como el grito de un módem muriendo, llenó el aire.

El asesino de Archer se quedó rígido. Sus ojos grises se volvieron blancos. Por un momento, Julian creyó que lo habían logrado. Pero entonces, la boca del Apóstol se abrió y la voz de Archer salió de ella, clara y fría:

—Bien jugado, Julian. Pero este solo era el prototipo. Tengo doce más en camino. Y ahora, Elena está marcada.

El cuerpo del Apóstol comenzó a emitir un calor intenso. Protocolo de autodestrucción térmica.

—¡Salta! —gritó Julian, agarrando a Elena y lanzándose colina abajo mientras el cuerpo del Apóstol se convertía en una pira de magnesio blanco que iluminó el desierto como un segundo sol.



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En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

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