La noche en el desierto sudanés era un campo de minas de sombras. El Jeep de Malik ya no era un vehículo, sino un amasijo de metal humeante que se arrastraba por el terreno accidentado. Habían perdido a los drones tras entrar en una tormenta de arena provocada por la propia Elena en un momento de desesperación, pero el costo había sido alto: el motor estaba muriendo.
—Tenemos que caminar —dijo Malik, apagando las luces para evitar la detección térmica.
Julian ayudó a Elena a bajar. Ella apenas podía mantenerse en pie. La "señal" de Archer se sentía aquí como un zumbido constante, una vibración que parecía salir de la propia tierra.
—Estamos en el área de influencia del Nodo 02 —susurró Elena. Su voz era apenas un hilo—. Puedo oír a la gente... no sus pensamientos, sino sus funciones biológicas. Es como un motor inmenso que nunca se apaga.
Caminaron durante horas bajo la luz de una luna que parecía observar con indiferencia. El paisaje cambió de dunas a un terreno pedregoso y árido. Al cruzar una loma, vieron lo que Malik temía: un campo de refugiados que se había convertido en una granja de procesamiento de Archer.
Miles de personas estaban sentadas en filas perfectas, conectadas a cables de fibra óptica que salían de torres improvisadas. No estaban siendo torturados; estaban siendo "optimizados". Sus cerebros se utilizaban como procesadores paralelos para los cálculos de la Red Global de Archer. Era el post-apocalipsis de la eficiencia total.
—Es el sueño de Archer —dijo Julian, con el asco subiendo por su garganta—. Una humanidad sin conflictos porque ya no hay individuos.
Para evitar el campo, tuvieron que rodear un desfiladero estrecho. Allí encontraron a los "Desconectados": un grupo de personas que, por alguna anomalía genética o por puro azar, eran inmunes a la frecuencia del Nodo. Vivían como animales, escondidos en las grietas de las rocas, con los ojos llenos de un terror primario.
—No se acerquen —gritó uno de ellos, un hombre harapiento que sostenía un trozo de metal afilado—. Ella... ella brilla. Ella es de él.
—No somos sus enemigos —dijo Julian, levantando las manos—. Solo queremos pasar.
—Si ella pasa, el Ojo vendrá —chilló una mujer desde las sombras—. ¡Váyanse! ¡Traen el fin de la oscuridad!
Elena dio un paso adelante. Sus ojos brillaron brevemente y los Desconectados cayeron de rodillas, no por obediencia, sino por una súbita sensación de paz que emanó de ella. Fue una manipulación química de sus cerebros, un acto de piedad que dejó a Elena exhausta.
—Vámonos —dijo ella, apoyándose en Julian—. No puedo... no puedo seguir haciendo esto. Me siento como si estuviera robándoles lo último que les queda.
—Les diste un momento de calma, Elena —la consoló Julian.
—No —respondió ella—. Les di una dosis de la droga de Archer. Eso es lo que soy ahora. Un dispensador de su voluntad.
Al llegar al amanecer, divisaron las estribaciones de las tierras altas etíopes. El aire cambió; se volvió más fresco, cargado con el aroma de la tierra húmeda. Malik señaló hacia una montaña de cumbre plana, un amba que se alzaba como un coloso contra el cielo.
—Allí arriba —dijo Malik—. El Monasterio de Debre Damo. Solo se puede subir por cuerdas. Los Apóstoles de Archer, con su peso y sus componentes metálicos, tendrán dificultades para seguirnos allí. Y el Dr. Aris nos espera.
Pero tras ellos, en el horizonte, una nube de polvo se levantaba. Dos transportes rápidos del Cincel se aproximaban. La tregua del desierto había terminado. Julian preparó sus últimas granadas. Sabía que la subida sería el momento más vulnerable. Si Elena caía aquí, el mundo se apagaría para siempre.