Pecados, Sangre y Seda

El Éxodo del Silencio (Parte 3).

La base del amba etíope era una pared vertical de roca caliza que se perdía en las nubes. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido hace mil años, pero la tecnología del siglo XXI estaba a punto de profanarlo.

—¡Suban! ¡Ahora! —gritó Malik, enganchando a Elena a una vieja polea de cuero y cuerda.

Los monjes, alertados por una señal de radio de onda corta, tiraban desde arriba con una fuerza sorprendente. Julian se quedó abajo, cubriendo la retirada. Los vehículos del Cincel estaban a menos de un kilómetro. Podía ver el brillo de los cristales blindados.

—¡Sube tú, Julian! —gritó Elena desde el aire. Estaba a mitad de camino, balanceándose peligrosamente.

—¡En un momento! —respondió él, colocando minas direccionales en el único sendero que llevaba a la base de la pared.

Los transportes frenaron bruscamente y de ellos bajaron unidades tácticas, pero no eran humanos. Eran "Híbridos", soldados con implantes neurales directos que corrían con una coordinación matemática. No buscaban cobertura; avanzaban sacrificando a los de la primera línea para agotar la munición de Julian.

Julian disparó ráfagas cortas y precisas. Las minas estallaron, lanzando piedras y fragmentos de metal, pero los Híbridos seguían viniendo. Uno de ellos logró llegar a la base y saltó hacia la cuerda de Julian justo cuando él empezaba a subir.

Julian pateó el rostro metálico del soldado, sintiendo cómo se rompía su bota contra el acero bajo la piel del enemigo. Con una mano se aferraba a la cuerda y con la otra disparaba su pistola hacia abajo. El vacío bajo sus pies aumentaba, y el aire se volvía más ralo.

De repente, una onda de choque pasó sobre su cabeza. Elena, desde la plataforma superior, había extendido sus manos. No golpeó a los soldados, sino que colapsó parte del saliente rocoso sobre ellos. El estruendo fue ensordecedor. Toneladas de roca sepultaron los vehículos y a los atacantes en una tumba de polvo rojo.

Julian fue izado los últimos metros por manos fuertes y callosas. Al llegar a la cima, se desplomó sobre el suelo de piedra. Los monjes, con sus túnicas amarillas y rostros surcados por los años, lo miraban con una mezcla de lástima y temor.

—Bienvenidos al refugio del silencio —dijo una voz en griego antiguo, que luego pasó al inglés con un acento británico impecable.

Un hombre delgado, con una bata blanca sucia sobre ropa de montaña, se acercó. Era el Dr. Aris. Sus ojos se fijaron de inmediato en Elena, quien yacía inconsciente en los brazos de un monje.

—Llegan tarde —dijo Aris, revisando las pupilas de Elena con una linterna—. El Espejo ya ha empezado a fundir sus neuronas. La magnetita de esta montaña está retrasando la señal de Archer, pero el daño interno es masivo.

—¿Puede salvarla? —preguntó Julian, levantándose con dificultad.

Aris lo miró con una frialdad profesional que heló la sangre de Julian.

—Puedo salvar su vida, Sr. Cross. Pero lo que ella es... su identidad, sus recuerdos, esa chispa que usted cree conocer... eso es el combustible que el Espejo está quemando. Para detener el incendio, tengo que quitar la madera.

Julian miró a su alrededor. El monasterio era una fortaleza de fe rodeada por un mundo de esclavos digitales. El viaje había terminado, pero la verdadera pesadilla estaba a punto de comenzar en la mesa de operaciones.

—Haga lo que tenga que hacer —dijo Julian, aunque su corazón le decía que se arrepentiría de esas palabras por el resto de su vida.

—No se apresure —replicó Aris—. Mañana, cuando ella despierte, tendrá que ser usted quien se lo diga. Tendrá que pedirle que elija morir como Elena o vivir como una desconocida.



#807 en Thriller
#5439 en Novela romántica

En el texto hay: romancerhriller

Editado: 28.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.