La paz del monasterio fue rota por una noticia que Malik trajo desde el valle. El Nodo de Osiris, a pesar de haber perdido a Elena, se había estabilizado. Archer no se había rendido; simplemente había cambiado de estrategia. Estaba usando a los doce Apóstoles como repetidores secundarios. El mundo seguía hundiéndose en el silencio digital.
—Necesitamos al Espejo, Julian —dijo Malik una noche mientras bebían un licor amargo producido por los monjes—. El Dr. Aris dice que el borrado no fue irreversible. Las semillas del código siguen ahí, enterradas bajo el trauma.
Julian se puso en pie, furioso.
—¡No! ¡Ella ya ha dado suficiente! Casi muere en esa mesa.
—Si no reactivamos una parte de su conciencia —intervino Aris, saliendo de las sombras—, Archer ganará por agotamiento. Elena es la única que conoce la frecuencia de anulación. Si logramos recuperar esa parte de su memoria... aunque sea solo la técnica... podríamos detener el Nodo desde aquí.
—¿Y qué pasaría con ella? —preguntó Julian, con los puños cerrados.
—El proceso de recuperación sería como desenterrar un cadáver —dijo Aris con crudeza—. El trauma volvería. Los recuerdos de la guerra, el dolor del Cincel... y probablemente la conexión con Archer. Volvería a ser el arma, Julian. Pero esta vez, el daño podría ser permanente. Su mente se fragmentaría.
Julian miró por la ventana hacia la habitación donde Elena dormía. Ella era feliz ahora. No sabía nada de conspiraciones, de asesinatos, de dioses de silicio. Era libre.
—No se lo diré —dijo Julian—. Dejadla en paz. Buscaremos otra forma.
—No hay otra forma —sentenció Malik—. El Cairo ha caído. París está en silencio. En una semana, no quedará nadie que no sea un autómata. ¿Vas a salvar a una mujer para dejar que el resto de la especie muera?
El dilema moral era una soga que se apretaba alrededor del cuello de Julian. Por un lado, el amor romántico, la promesa de una vida sencilla con una mujer que, aunque no era la misma, le ofrecía una paz que él nunca había conocido. Por el otro, la responsabilidad de un soldado, el sacrificio del individuo por el bien común.
Esa noche, Julian entró en la habitación de Elena. Ella se despertó y le sonrió, extendiendo la mano hacia él.
—Julian, he tenido un sueño —dijo ella—. Estábamos en una montaña, pero no era esta. Había nieve. Y me decías que el mundo era hermoso porque yo estaba en él. ¿Es verdad?
Julian se sentó al borde de la cama, con el corazón roto.
—Es verdad, Elena. Es la única verdad que me queda.
En su bolsillo, Julian llevaba el suero de recuperación que Aris le había entregado en secreto. Una sola inyección y la vieja Elena regresaría, con toda su gloria y todo su dolor. O podía destruirlo y huir con ella hacia las profundidades de África, dejando que el resto del mundo se apagara. El arma o la mujer. La heroína o el fantasma. Julian Cross nunca se había sentido tan cobarde.