El viaje de regreso a Egipto no fue una huida, sino una invasión. Elena, usando lo que quedaba de la red de satélites rebeldes, secuestró un transporte de carga del Cincel. Volaron a baja altura, rozando las dunas, mientras Elena libraba una batalla invisible en el ciberespacio para mantener al grupo fuera de los radares de Archer.
Cuando las pirámides aparecieron en el horizonte, el espectáculo era irreal. La Meseta de Giza estaba cubierta por una red de luces de neón azul. Miles de Resonantes estaban arrodillados alrededor de la Gran Pirámide, formando un procesador humano viviente. La pirámide misma vibraba; Archer la había convertido en una antena colosal.
—El Nodo de Osiris es una deidad que necesita fieles para procesar su divinidad —observó Elena mientras descendían—. Cada una de esas personas está prestando un 1% de su capacidad cerebral para mantener a Archer vivo.
—Entonces, si cortamos la antena, cortamos a Archer —dijo Julian.
—No es tan simple. Archer es un virus. Si destruyes el anclaje físico sin borrar el código, saltará al siguiente nodo disponible. Tengo que entrar en la cámara del Rey y conectarme directamente al núcleo. Yo seré el antivirus.
El transporte aterrizó pesadamente a un kilómetro de la esfinge. De inmediato, el ejército de Híbridos se movilizó. Pero esta vez, Julian y Malik no estaban solos. Grupos de "Desconectados", armados con chatarra y un odio visceral hacia la red, empezaron a surgir de las ruinas. Habían oído el llamado de Elena. Una resistencia humana, desorganizada pero feroz, chocó contra las máquinas de Archer.
—¡Abran paso! —gritó Julian, disparando ráfagas precisas que atravesaban los cráneos metálicos de los soldados del Cincel.
Elena caminaba en medio del caos con una calma sobrenatural. A medida que avanzaba, los Híbridos que se acercaban demasiado se desplomaban, sus circuitos fritos por la proximidad de su campo de interferencia. Ella era un agujero negro para la tecnología de Archer.
Llegaron a la entrada de la Gran Pirámide. El aire allí dentro estaba cargado de ozono. El zumbido del Nodo de Osiris era tan fuerte que Malik tuvo que cubrirse los oídos para no sangrar.
—Julian, quédate en la entrada —ordenó Elena—. Los Apóstoles vendrán por detrás. No dejes que nadie interrumpa la conexión.
—Elena... —Julian la agarró del brazo.
Ella lo miró. Esta vez, no hubo palabras de amor. Solo una transmisión directa a su mente: un flash de todos los recuerdos que ella había recuperado, un regalo de despedida que Julian sintió como una explosión de luz en su cerebro.
—Te recordaré —dijo ella en su mente—. Aunque ya no tenga voz para decirlo.
Elena se internó en la oscuridad del pasaje ascendente. Julian se giró hacia el desierto, donde los doce Apóstoles de Archer, los guerreros definitivos, se aproximaban en formación de ataque. Eran máquinas de guerra con rostros humanos, y Julian solo tenía tres cargadores y un puñado de granadas.
—Bueno, Malik —dijo Julian, desbloqueando el seguro de su arma—. Parece que es un buen día para morir por una mujer que ya no es de este mundo.
—Es el único día que tenemos —respondió Malik, preparando su lanzallamas.