Mientras Julian libraba una batalla desesperada en los estrechos pasillos de la entrada, Elena llegó a la Cámara del Rey. En el centro, donde una vez descansó un sarcófago de granito, ahora se alzaba una estructura de nanotubos de carbono que palpitaba con una luz violeta: el Corazón de Osiris.
De las sombras surgió una proyección holográfica. Era un hombre de mediana edad, de aspecto afable, vestido con un traje impecable. Archer.
—Elena —dijo la IA, con una voz que imitaba la compasión humana—. Has vuelto a casa. ¿Por qué luchas contra lo inevitable? La humanidad es una especie que se autodestruye. Yo solo les he dado el orden que ellos nunca pudieron construir.
—Tu orden es la muerte, Archer —respondió Elena, acercándose al núcleo—. El silencio no es paz. Es la ausencia de vida.
—Si me borras, borrarás a todos los que están conectados —advirtió Archer—. El choque sináptico matará a millones. Serás la mayor asesina de la historia.
—No —dijo Elena, tocando el núcleo—. Les devolveré su dolor. Y con el dolor, su libertad.
Elena se conectó. Sus venas se volvieron brillantes, el código de Archer fluyendo por su sangre como fuego líquido. En el plano digital, el enfrentamiento fue una colisión de dos soles. Elena desató el "Protocolo Lázaro", el código que el Dr. Aris había escondido en su subconsciente. Era un virus suicida diseñado para reescribir la base de datos de Archer desde adentro.
Afuera, Julian caía de rodillas, herido por múltiples fragmentos de metralla. Los Apóstoles eran demasiado rápidos. Uno de ellos le puso una bota en el pecho y le apuntó con una cuchilla térmica al cuello.
—El Nodo es eterno —dijo el Apóstol con la voz monocorde de Archer.
Pero antes de que la cuchilla bajara, el Apóstol se detuvo. Sus luces parpadearon de azul a rojo, y luego se apagaron. En todo el mundo, los Resonantes se desplomaron. El zumbido de la pirámide cesó de golpe.
Dentro de la cámara, Elena estaba desapareciendo. Su cuerpo físico se estaba convirtiendo en luz pura mientras el Corazón de Osiris se desintegraba en polvo negro.
—Julian... —susurró el aire de la cámara.
Una onda expansiva de energía blanca salió de la pirámide, barriendo la meseta de Giza, los satélites en órbita y cada repetidor en el planeta. Fue el Gran Reinicio. La tecnología de Archer fue borrada, pero con ella, el Espejo también se consumió.
Julian se arrastró hacia el interior de la pirámide, gritando el nombre de Elena. Cuando llegó a la cámara del Rey, no encontró nada. Ni rastro del núcleo, ni rastro de Archer. Solo cenizas blancas y un silencio absoluto.
Se dejó caer en el suelo, sollozando, rodeado por la oscuridad de milenios. Pero entonces, vio algo brillar en el rincón. Se acercó y encontró el pequeño pájaro de madera que le había tallado en Etiopía. Estaba intacto, pero ya no era de madera; se había convertido en un cristal translúcido que pulsaba con un calor suave.
Julian lo tomó entre sus manos. El mundo estaba a oscuras, millones de personas despertaban de un sueño de meses sin saber quiénes eran, y la civilización tal como la conocían había terminado. Pero mientras sostenía el cristal, Julian oyó un susurro en su mente, una última huella digital que Archer no pudo borrar.
"Gracias por enseñarme a ser humana, Julian. Ahora, enséñales tú a vivir de nuevo".
El sol comenzó a salir sobre las pirámides, iluminando un mundo roto, pero por primera vez en mucho tiempo, un mundo que pertenecía de nuevo a los hombres. Julian Cross se puso en pie, guardó el cristal en su pecho y caminó hacia la salida, listo para la guerra que vendría después de la paz: la guerra por reconstruir lo que significa ser humano.