Capítulo 1: El comienzo de la pelea
Bajo las estrellas, Esteban miraba con gran atención la gran luna en lo alto. A su lado, su mejor amigo Juan fumaba un cigarrillo, intentando calentarse en esa fría noche.
—Así que… ¿de verdad vas a participar en el torneo, Esteban?
Esteban bajó la mirada hacia el suelo y, con una voz calmada, respondió:
—Sí… eso planeo hacer.
Juan dio una gran inhalada al cigarrillo y volvió a preguntar:
—¿Por qué lo vas a hacer? Sabes que es muy peligroso. Has estado en algunas peleas clandestinas, pero eso es todo.
Ahora, gritando, añadió:
—¡No eres ni fuerte ni rápido, y tampoco tienes entrenamiento especializado! Si vas allá…
Ya con la voz quebrada:
—No creo que puedas ganar… por favor, piénsalo nuevamente. No quiero perder a un amigo.
Con calma, Esteban levantó nuevamente la mirada hacia la luna y, tras una larga respiración, respondió:
—Lo hago por el dinero. ¿Por qué más va a ser? Deberías conocerme muy bien… sabes muy bien cuál es mi situación. No me preguntes esas tonterías. Si es por el dinero suficiente, haré lo que sea. Tal vez no sea fuerte ni rápido, como tú lo dijiste, pero sé muy bien de lo que soy capaz de hacer… y sé que puedo ganar.
Juan tiró el cigarro y lo pisó con su pie, mostrando una gran tristeza en su rostro. Aun así, no dijo nada más y se retiró en silencio, dejando a Esteban solo.
La fría noche empezaba a sentirse en los huesos. Esteban comenzó a frotar sus manos en busca de calor. Su ropa estaba vieja y desgastada, y su cuerpo temblaba. El ruido de la ciudad se escuchaba a lo lejos: los autos, las personas… todo a su alrededor era como una calma antes de la tormenta.
—Creo que es hora…
Esteban tomó rumbo hacia el centro. Miles de pantallas mostraban peleas y resultados sobre ellas. Caminaba con tranquilidad, sin prestar atención alguna.
—Ya han pasado 100 años desde la nueva era…
Se escuchaba en las pantallas cómo celebraban los 100 años de una nueva era, dejando atrás la antigua, aquella llena de armas químicas y atómicas. Un pasado que era mejor borrar, un pasado al que nadie quería volver. Y hablaban también de la nueva era, en la que un arlequín tenía el control sobre todo.
Esteban seguía sumergido en sus pensamientos, en la necesidad del dinero que no tenía. Un pobre chico huérfano que no tenía ni para una lata de atún. Su estómago lo guiaba en busca de algo de comer, mientras veía en las tiendas la comida que no podía pagar.
Una gran multitud se alzaba frente a él.
Había llegado al edificio de inscripciones para el torneo.
Muchos hombres fuertes, con grandes músculos, estaban frente a él. El lugar estaba lleno de comentarios y murmullos sobre quién ganaría el próximo torneo. Esteban no le dio importancia y siguió abriéndose paso hacia adelante, mientras escuchaba quejas sobre qué hacía él ahí, sin parecer ningún competidor.
Al llegar al frente, la encargada le preguntó:
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Vine a inscribirme en el torneo —contestó Esteban con una voz calmada.
La encargada, sorprendida al verlo, lo observó con detenimiento, intentando comprobar si aquello no era más que una simple broma.
—¿Está seguro de que quiere inscribirse en el torneo, señor?
—Sí, por favor. Quisiera inscribirme.
Al ver que lo decía en serio, la encargada empezó a llenar los datos de Esteban. Línea por línea fueron completadas con su información, hasta llegar al final, donde se necesitaba una firma y una huella del participante.
La encargada aún pensaba que alguien como él no podría entrar en el torneo, y que todo esto solo se trataba de una broma. Esperaba que se echara para atrás en ese momento.
Pero, con gran frialdad, Esteban firmó y puso su huella, certificándose como un concursante más en el torneo.
La encargada, sorprendida, solo asintió.
—Le avisaremos por correo cuándo será su primera pelea y quién será su contrincante. Esté pendiente de ello.
Deseándole una buena noche, pidió que pasara el siguiente.
Nuevamente, Esteban salió del edificio. El frío golpeaba su piel y su estómago rugía otra vez.
—Espero que mi pelea empiece pronto… antes de que muera de hambre.
Retomando su camino hacia el pequeño cuarto en el que vivía, algo lo detuvo en medio del trayecto.
Los sonidos inconfundibles de una pelea se escuchaban desde un callejón oscuro.
Al acercarse, vio cómo dos tipos grandes luchaban. En el aire flotaba el contrato que habían firmado. No importaba lo lejos que estaba, podía leerse fácilmente. Las reglas del combate estipulaban: sin el brazo dominante y sin la pierna dominante. El perdedor perdería la capacidad de caminar.
Y en medio de todo eso estaba la figura inconfundible del arlequín del que todos hablaban: con su traje negro y rojo con rombos, su máscara mitad blanca y mitad negra, y una sonrisa, observaba la pelea mientras jugueteaba en el aire.
—Así que… esta es una pelea de contrato…
Esteban miraba con gran determinación cómo esos dos grandes hombres luchaban aun sin una pierna y sin un brazo. El intercambio de golpes era torpe, pero el sonido de los huesos crujiendo y la sangre derramándose llenaban el ambiente. Mientras tanto, el arlequín soltaba pequeñas risas, mostrando una sonrisa que helaba la sangre. La pelea solo le parecía cómica.
Esteban pensaba irse, pero aun así observaba detenidamente los movimientos de cada uno, analizándolos.
De pronto, simplemente se dio la vuelta y murmuró:
—Esto es aburrido…
Comenzó a marcharse, dejando atrás la pelea.
—Es obvio quién va a ganar. En unos segundos, todo terminará.
Y antes de irse, tal como lo predijo, la pelea terminó por completo.
En la oscuridad se escuchaban gritos… y, sobre todo, una voz:
—La pelea ha terminado. Recibe tu castigo, como lo estipula el contrato… perdedor.
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Editado: 21.04.2026