El aire dentro de la casa siempre sabía a lo mismo: a humedad vieja, a paredes descascaradas y al rastro químico y empalagoso de las sustancias que consumían los días de su padrastro.
Edu estaba acurrucado en el rincón más estrecho de su colchón, con las rodillas pegadas al pecho y la barbilla enterrada en la tela de su suéter gastado. Las manecillas del reloj en la pared parecían avanzar a golpes secos, marcando las tres de la mañana. En el piso de abajo se escuchaban los ruidos sordos de siempre: botellas que rodaban, pasos pesados arrastrándose por la madera crujiente y murmullos incoherentes dirigidos a la oscuridad.
Tenía veinte años, pero en las noches como esa, su cuerpo volvía a encogerse hasta tener la edad exacta en la que todo había empezado. Diez años. Una década entera cargando con el peso de un miedo que se le había metido debajo de la piel, volviéndose parte de su propia sangre.
El cansancio, pesado y traicionero, terminó por vencerlo. Los párpados le pesaban como plomo hasta que, finalmente, el mundo real se desvaneció y cayó en el pozo oscuro del sueño.
Pero el descanso nunca era paz en esa casa.
La pesadilla comenzó con el sonido familiar de la puerta de su habitación abriéndose de golpe. El crujido de la madera resonaba en su cabeza como un disparo. En el sueño, las paredes de la recámara empezaban a cerrarse, comprimiendo el aire, volviéndolo denso y tóxico.
Veía la sombra de su padrastro proyectándose alargada y deforme sobre la pared, avanzando con pasos lentos, inevitables. Edu intentaba gritar, pero la voz se le ahogaba en la garganta, convertida en un hilillo seco e inútil. Quería correr, mover las piernas, pero se sentían hechas de plomo, clavadas al suelo.
—A dónde crees que vas, mocoso... —la voz en su cabeza sonaba distorsionada, monstruosa, resonando como un eco metálico.
Sintió el golpe fantasma en la espalda, el ardor punzante de la realidad mezclándose con la angustia del subconsciente. El terror le quemaba el pecho, abriéndose paso a través de sus costillas, amenazando con romperlo por dentro.
Edu dio una sacudida violenta y desuello los ojos de golpe.
Jadeando con desesperación, con el sudor frío pegándole los mechones de cabello a la frente y el corazón golpeándole las costillas como un martillo frenético, miró a su alrededor a oscuras. Las paredes de su cuarto seguían ahí, el olor a encierro seguía ahí, y los gritos lejanos del pasillo le recordaron que no había sido más que un espejo de su propia vida.
Se llevó las manos temblorosas al rostro, intentando recuperar el aliento que se le escapaba a bocanadas. La garganta le ardía. Comprendió, con una certeza helada y absoluta, que si se quedaba una noche más bajo ese techo, la próxima pesadilla iba a matarlo despierto.