Peligrosamente mío

Capítulo 2: El punto de quiebre

El temblor en las manos de Edu no se detuvo ni cuando logró incorporarse de la cama. El aire de su habitación se sentía demasiado espeso, como si respirara ceniza. Abajo, los ruidos se habían intensificado; el golpe seco de un vaso rompiéndose contra el suelo fue seguido por una maldición gutural y pasos que empezaron a subir por la escalera con una lentitud aterradora.
​Cada crujido de la madera era una cuenta regresiva.
​Edu no lo pensó dos veces. El instinto de supervivencia, ese que lo había mantenido respirando a pesar de todo, se encendió de golpe. No encendió la luz. Con el corazón martillándole los oídos, se deslizó fuera del colchón y buscó a tientas la chaqueta más gruesa que encontró colgada en el respaldo de la silla —la prenda tres tallas más grande que pertenecía a su padrastro—.
​Los nudillos de su padrastro golpearon la puerta con fuerza, seguidos de un grito ronco:
—¡Abre la maldita puerta, Edu! ¡Sé que estás despierto!
​La cerradura empezó a girar. El pestillo metálico se movió con un chasquido que sonó a sentencia de muerte.
​Edu retrocedió con desesperación hasta chocar contra el vidrio frío de la ventana. Sin dudarlo, la abrió de un empujón, desafiando la altura y la lluvia torrencial que caía afuera. Trepó por el borde con el cuerpo temblando de pánico puro, se dejó caer hacia el tejado del porche inferior y de ahí saltó directamente al lodo del callejón trasero.
​El impacto contra el suelo le sacudió las rodillas, haciéndolo jadear de dolor, pero el sonido de la puerta de su cuarto abriéndose arriba lo obligó a ponerse de pie.
​Corrió.
​La lluvia en la ciudad no caía; golpeaba con la furia de mil nudillos invisibles contra el asfalto, convirtiendo las calles en un espejo oscuro y traicionero. Edu corría con el pecho ardiendo, con las lágrimas mezclándose con el agua de lluvia que le empapaba el rostro y el cabello. No tenía un destino, solo sabía que cada paso lo alejaba de ese infierno.
​Sus piernas flaquearon al doblar una esquina particularmente lúgubre, guiado por una desesperación ciega. El aire helado le raspaba la garganta y, sin haberlo planeado, sus zapatillas empapadas lo arrastraron hasta los límites de la zona industrial del norte, un sector silencioso donde las luces de la ciudad morían y los altos muros de concreto hablaban de una propiedad privada blindada.
​Al ver una enorme verja de hierro forjado flanqueada por pilares de piedra y rodeada por un jardín sombrío, Edu pensó que era el escondite perfecto. Con lo poco que le quedaba de fuerza, empujó una puerta lateral de servicio que, por un descuido inexplicable, cedió con un chirrido metálico.
​Cayó de rodillas sobre el césped empapado. El lodo frío le traspasó la ropa, pero apenas lo sintió. Se arrastró con desesperación hasta quedar completamente pegado a la pared exterior de una mansión imponente, abrazando sus rodillas contra el pecho de forma fetal. Escondió la cara en el hueco de sus brazos, temblando violentamente, convencido de que ese rincón oscuro sería el final de su huida.
​No escuchó pasos acercarse. El suelo de césped y grava ni siquiera crujió.
​Una sombra alta, sólida e imponente se cernió sobre él de repente, bloqueando el poco resplandor de la luna. El destello lejano de un trueno iluminó brevemente el jardín, revelando unos zapatos de cuero caros, unos pantalones de traje perfectamente planchados y una mano enguantada que sostenía un paraguas negro.
​Edu contuvo el aliento con tanta fuerza que le dolió el pecho. El terror le congeló la sangre. Por pura instigación defensiva, se encogió aún más contra la pared, apretando los ojos con fuerza y levantando los brazos para cubrirse la cabeza, esperando el golpe seco, el grito furioso, la bofetada acostumbrada que marcaba el final de su mundo.
​—¿Quién anda ahí?
​La voz era profunda, grave, y cortaba el aire con una autoridad tan natural y pesada que helaba los huesos.
​Edu, temblando como una hoja a merced del viento, levantó la vista muy lentamente. El mentón le castañeaba y sus ojos, anegados en lágrimas, tardaron unos segundos en enfocar la figura que se alzaba sobre él.
​La silueta pertenecía a un hombre de hombros anchos, cabello oscuro perfectamente peinado a pesar de la humedad, y unos rasgos marcados como si estuvieran esculpidos en mármol. Pero lo que verdaderamente detuvo el corazón de Edu fueron sus ojos: fríos, penetrantes, brillando con la peligrosa lucidez de un depredador nocturno.
​Era Esteban.
​El capo de la mafia local, el hombre cuyo nombre se susurraba con temor en los bajos fondos, se quedó completamente inmóvil. Su mirada calculadora se detuvo de golpe en el bulto tembloroso a sus pies. Analizó en un segundo el rostro pálido y demacrado de Edu, los rastros frescos de las lágrimas y la forma patética e instintiva en que el chico se había encogido para protegerse de un golpe que nunca llegó.
​El aire se volvió denso y cargado de una electricidad extraña.
​Lentamente, con un movimiento deliberado, Esteban bajó el paraguas, dejando que la lluvia comenzara a golpear sus hombros. En el oscuro mundo de la mafia, gobernaba con mano de hierro, pero al presenciar la absoluta devastación en los ojos de un desconocido que cabía casi en la palma de su mano, algo fundamental dentro de su coraza impenetrable se resquebrajó.
​—No te voy a hacer daño —dijo Esteban, y su voz bajó de tono, convirtiéndose en un murmullo extrañamente suave, casi irreconocible—. Tranquilo. Estás a salvo aquí.
​Edu lo miró fijamente, con el pecho subiendo y bajando de forma errática. Por primera vez en diez largos y sufridos años, una frase como esa no sonaba a una trampa mortal.



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En el texto hay: moral gris

Editado: 05.08.2026

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