Peligrosamente mío

Capítulo 3: El santuario de la bestia

El silencio dentro de la mansión era tan espeso que Edu podía escuchar el latido salvaje de su propio corazón retumbándole en los oídos. Seguía de rodillas sobre el suelo de la galería exterior, con los dedos aferrados a la tela mojada de su chaqueta y el cuerpo temblando por una mezcla letal de frío, adrenalina y terror acumulado.
​Esteban seguía de pie frente a él. No se había movido un solo centímetro desde que pronunció aquellas palabras. Para el mundo exterior, Esteban era un hombre implacable, un estratega despiadado que cerraba tratos a punta de pistola y no conocía la clemencia con sus enemigos. Pero en ese momento, sus oscuros ojos recorrían cada detalle de la figura destruida de Edu con una paciencia casi quirúrgica.
​Notó los nudillos morados, los temblores involuntarios y la forma en que los ojos de Edu evitaban hacer contacto visual directo, como si esperara que cualquier movimiento repentino desencadenara una tragedia.
​Esteban exhaló un suspiro lento, casi imperceptible, y dio un paso hacia atrás para ampliar la distancia entre ambos. No quería abrumarlo.
​—Levántate —pidió Esteban, manteniendo el tono de voz bajo, grave, perfectamente medido para no sonar amenazante—. Vas a enfermarte si te quedas ahí tirado.
​Edu tragó saliva con dificultad. Su garganta raspona apenas le permitió emitir un sonido ahogado.
​—Yo... no quería meterme aquí. Juro que solo... solo corrí —las palabras salieron atropelladas, rotas por el llanto que intentaba contener a la fuerza—. Ya me voy. Déjeme salir.
​—No vas a ir a ninguna parte en este estado —sentenció Esteban, y aunque la frase sonó firme, no contenía ni una sola pizca de crueldad—. Y nadie te va a echar de aquí.
​Antes de que Edu pudiera articular otra objeción, Esteban hizo una seña casi imperceptible con la mano hacia la sombra del pasillo interior. De inmediato, dos hombres corpóreos y vestidos con trajes oscuros aparecieron en el umbral, deteniéndose de golpe al ver la escena. Sus rostros reflejaban una sorpresa contenida al ver a su jefe tan cerca de un intruso y, sobre todo, sin haberlo ejecutado de inmediato.
​—Jefe... —comenzó uno de ellos, con cautela.
​—Tráiganme una manta seca, ropa limpia y una taza de té caliente al estudio principal. Ahora —ordenó Esteban sin apartar la vista de Edu.
​Los subordinados asintieron de inmediato, tragándose cualquier pregunta, y se apresuraron a cumplir la orden.
​Esteban volvió a centrar su atención en el chico. Se agachó lentamente, manteniendo sus movimientos pausados y predecibles, hasta quedar a la altura de los ojos de Edu, arrodillándose sobre el lodo sin importarle ensuciar su ropa de marca. Edu se encogió por instinto, encogiendo los hombros como si esperara un impacto. Esteban se detuvo al notar esa reacción, cerrando los ojos un segundo antes de hablar con una suavidad que rozaba lo insólito en él.
​—No te voy a tocar. Mírame un segundo... no te voy a hacer daño —repitió, asegurándose de que Edu entendiera que cada palabra era una promesa—. Ven conmigo adentro. Hay un lugar cálido esperándote donde nadie va a encontrarte.
​Edu lo miró fijamente, con el pecho subiendo y bajando de manera errática. Sus defensas, construidas a base de golpes y silencios durante diez largos años, suplicaban que huyera. Pero el frío era insoportable, las piernas le fallaban y, por primera vez en su vida, el abismo oscuro de los ojos de un hombre peligroso parecía ofrecerle exactamente lo que más necesitaba: un refugio.
​Temblando de pies a cabeza, Edu asintió de manera imperceptible y permitió que Esteban lo guiara, con pasos lentos y distantes, hacia el interior de la imponente mansión, cruzando un umbral que cambiaría las reglas de su mundo para siempre.



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En el texto hay: moral gris

Editado: 05.08.2026

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