Las pesadas puertas de caoba se cerraron a sus espaldas, sellando el paso a la tormenta y a los fantasmas que lo habían perseguido por los callejones oscuros. El interior de la mansión era un contraste brutal con el caos exterior: una mezcla de lujo sobrio, paredes revestidas en madera oscura, techos altos y un silencio tan profundo que rozaba lo solemne.
Edu caminaba con los hombros encogidos, abrazándose a sí mismo mientras la chaqueta grande de su padrastro goteaba agua sobre el impecable piso de mármol. Cada paso que daba sentía que profanaba un templo ajeno. Sus ojos viajaban de un lado a otro, hipervigilantes, analizando cada rincón en busca de una trampa, de un grito repentino, de una señal de peligro.
—Por aquí —la voz de Esteban resonó a pocos pasos de distancia.
El mafioso caminaba lento, regulando su paso a propósito para no dejar atrás al chico. Lo condujo a través de un pasillo iluminado tenuemente hasta una amplia estancia privada que parecía un estudio personal: una chimenea encendida crepitaba al fondo, arrojando una cálida luz ámbar sobre estanterías repletas de libros y sillones de cuero oscuro.
—Siéntate cerca del fuego —indicó Esteban con un gesto de la mano, señalando uno de los sofones frente a la chimenea—. Te vas a congelar si sigues con esa ropa mojada.
Edu se detuvo en medio de la alfombra persa, negando con la cabeza en un gesto casi imperceptible. Su respiración seguía siendo corta, agitada.
—No... no quiero ensuciar nada —murmuró, con la voz apenas saliendo de su garganta raspona—. Su suelo... su sillón... me van a regañar...
Esteban se detuvo en seco. Las palabras del chico, cargadas de un miedo tan visceral y arraigado a detalles tan absurdos en medio de esa situación, le dieron un vuelco al estómago. Entendió, con una claridad dolorosa, que Edu no solo huía de una noche de lluvia; huía de un lugar donde un simple error o una mancha en el piso se pagaban con violencia.
Sin decir una sola palabra, Esteban caminó hacia un aparador lateral, ignorando por completo el protocolo. Tomó una manta gruesa de lana que reposaba doblada sobre el respaldo de un sillón y regresó junto a Edu.
Al verlo acercarse con un movimiento un poco más rápido, Edu dio un paso atrás por puro instinto defensivo, chocando contra el borde de una mesa auxiliar. Un pequeño adorno tembló sobre ella.
Esteban frenó de golpe, deteniéndose a un metro de distancia. Levantó las manos abiertas, mostrando las palmas, en una clara señal de rendición.
—Tranquilo. No te voy a tocar —dijo Esteban con una paciencia infinita, bajando el tono de su voz hasta que sonó casi como un arrullo—. Solo quiero darte esto. No estás molestando a nadie, Edu. Este lugar es seguro. Nadie te va a gritar aquí.
El uso de su nombre, pronunciado con esa gravedad ronca pero sumamente suave, hizo que el pecho de Edu se contrajera. Lentamente, dejando de lado el temblor que le sacudía las manos, dejó que Esteban se acercara lo justo para tenderle la manta.
Esteban la colocó con extrema delicadeza sobre los hombros del chico, rozando apenas la tela para evitar cualquier contacto que pudiera asustarlo. El calor de la lana impregnada de la chimenea chocó contra el cuerpo helado de Edu, provocándole un escalofrío de alivio tan profundo que las lágrimas, esta vez silenciosas, volvieron a deslizarse por sus mejillas.
En ese preciso instante, la puerta del estudio se abrió con discreción. Uno de los hombres de confianza de Esteban entró portando una bandeja con una taza de té humeante y ropa seca doblada con pulcritud. Al ver la escena —su jefe, el temido capo de la mafia, sosteniendo una manta para abrigar a un desconocido con una ternura inusitada—, el subordinado se detuvo en seco, tragándose el reporte que traía en los labios.
—Déjalo en la mesa y sal —ordenó Esteban sin apartar la vista de Edu, su tono recuperando por un segundo el filo frío que reservaba para el mundo exterior.
El hombre asintió de inmediato, dejó la bandeja y se retiró cerrando la puerta sin hacer el más mínimo ruido.
Esteban se giró hacia la bandeja, sirvió la taza y la acercó despacio, ofreciéndosela a Edu con ambas manos.
—Bebé un poco de esto. Te va a calentar por dentro —le dijo, esperando pacientemente a que Edu se decidiera a dar el primer paso.