La taza de porcelana fina estaba tibia entre las manos de Edu. Al principio solo la sostuvo, buscando en el calor del recipiente un ancla que lo devolviera al presente, a ese extraño santuario donde el tiempo parecía haberse detenido. Con un movimiento lento y tembloroso, dio un pequeño sorbo. El sabor dulce de la miel y el toque especiado del té recorrieron su garganta adolorida, aliviando el ardor que llevaba horas carcomiéndolo por dentro.
Esteban se había apartado unos pasos, dándole el espacio que tanto necesitaba. Se había sentado en el borde de su escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho, observándolo con una mezcla de cautela y una intensidad protectora que quemaba. No lo presionaba para que hablara, ni exigía respuestas sobre quién lo perseguía o por qué había aparecido medio muerto en su jardín. Simplemente estaba ahí, sosteniendo el peso del silencio.
—La ropa limpia está en la bandeja —dijo Esteban al cabo de un rato, rompiendo la quietud con su voz ronca pero calmada—. Puedes usar el baño de este pasillo cuando quieras cambiarte. Nadie va a entrar. Nadie te va a molestar.
Edu bajó la mirada hacia la taza, asintiendo de manera casi imperceptible. La idea de quitarse la chaqueta de su padrastro —esa prenda pesada que olía a encierro, a alcohol y a miedo— le revolvió el estómago. Sentía que llevarla puesta era seguir atado a ese infierno. Dejó la taza sobre la mesa auxiliar con sumo cuidado, como si temiera que el simple sonido del cristal al chocar contra la madera pudiera romper el hechizo de ese lugar.
Se puso de pie con lentitud. Las piernas le temblaban ligeramente, pero el calor de la manta y el té habían devuelto algo de fuerza a sus músculos. Tomó la ropa limpia de la bandeja —un suéter de punto suave y unos pantalones holgados que Esteban había mandado a buscar— y caminó con pasos vacilantes hacia la puerta que el mafioso le había indicado.
Cuando la pesada puerta del baño se cerró tras él, Edu se quedó inmovilizado frente al espejo.
El reflejo que le devolvió el cristal lo hizo retroceder un paso. Tenía la piel pálida como el papel, ojeras profundas que contaban las noches en vela y los labios partidos. Pero lo que más le dolió ver fueron los rastros físicos y silenciosos de su realidad: los hematomas descoloridos en los brazos y el cuello, marcas de una vida donde su cuerpo nunca le había pertenencia.
Las lágrimas, que había estado conteniendo con uñas y dientes, se desbordaron sin hacer ruido. Se dejó caer de rodillas contra el frío piso de mármol del baño, abrazando sus propias costillas y ahogando los sollozos en el hueco de su hombro para que nadie lo escuchara. Quería creer que estaba a salvo, pero el terror era una segunda piel que no se quitaba tan fácilmente.
Afuera del baño, al otro lado de la puerta, Esteban se había puesto de pie.
Había escuchado el leve sonido del pestillo al cerrarse, seguido por el silencio absoluto que precedió al quebranto. Aunque no podía ver a Edu, conocía demasiado bien el sonido del dolor humano; lo había visto en los callejones, en las miradas de los traidores y en las víctimas de su propio mundo. Pero esta vez, el eco de ese llanto silencioso no despertó en él su faceta calculadora o sanguinaria, sino una furia sorda, fría y absolutamente letal dirigida hacia el monstruo que había llevado a ese chico a ese estado de destrucción.
Esteban caminó lentamente hasta quedar a pocos centímetros de la puerta cerrada del baño. No la tocó. No intentó forzar su entrada ni apresurarlo. Apoyó una mano contra el marco de madera, conteniendo la respiración, y habló con un tono tan bajo y firme que parecía atravesar las paredes.
—Tómate el tiempo que necesites, Edu —murmuró Esteban, con la voz cargada de una devoción silenciosa que él mismo apenas empezaba a comprender—. No hay prisa. Aquí nadie te va a apurar, nadie te va a tocar y nadie te va a hacer daño nunca más. Te lo juro.
Del otro lado de la puerta, con la frente apoyada contra las rodillas y el cuerpo sacudido por el llanto, Edu escuchó aquellas palabras. Por primera vez en diez años, el peso del miedo pareció ceder un milímetro, abriendo una rendija minúscula por la cual, muy despacio, comenzó a filtrarse la luz.