El sonido del agua cayendo en la ducha había cesado hacía varios minutos, dando paso a un silencio absoluto al otro lado de la puerta.
Esteban seguía en el estudio, de pie frente a los ventanales oscuros que daban al jardín. La tormenta finalmente había amainado, dejando tras de sí un manto de neblina espesa que cubría los terrenos de la mansión. Tenía las manos metidas en los bolsillos de los pantalones y el ceño fruncido, concentrado en el reflejo borroso del vidrio.
Unos suaves pasos arrastrados, casi imperceptibles, resonaron en la tarima del pasillo.
Esteban se giró con lentitud para no sobresaltarlo. La puerta del baño se abrió una rendija y, un segundo después, la figura de Edu apareció en el umbral. La ropa holgada que le había proporcionado le quedaba ligeramente grande, haciendo que se encogiera de hombros para ajustar las mangas sobre sus manos, y el suéter de punto suave le aportaba un aspecto frágil, casi etéreo, que contrastaba dolorosamente con las ojeras oscuras bajo sus ojos.
Edu se detuvo al cruzar miradas con él. Tenía el cabello húmedo revuelto sobre la frente y parecía dudar de cada paso que daba, como si temiera que todo fuera un espejismo y estuviera a punto de despertar en su propia pesadilla.
—El agua caliente... gracias —murmuró Edu con un hilo de voz, mirando fijamente la punta de sus zapatos nuevos para evitar sostenerle la mirada por mucho tiempo.
—No tienes que agradecer nada —respondió Esteban, con esa voz grave y pausada que parecía calmar la electricidad estática en el aire—. Ven, acércate a la chimenea. Todavía estás pálido.
Edu caminó despacio, midiendo cada movimiento, hasta detenerse a un par de pasos del sillón. El calor que irradiaba el fuego le golpeó el rostro, provocando que un suspiro de alivio se le escapara de los labios. Sin embargo, antes de que pudiera sentarse, un sonido metálico y seco rompió la quietud de la noche.
Fuera de la mansión, en el perímetro exterior de las grandes verjas de hierro, el motor ronco de un auto desvencijado aceleró de golpe, seguido por el chirrido estridente de unos neumáticos frenando sobre el pavimento mojado.
Edu se congeló por completo. El color que apenas había recuperado en las mejillas se desvaneció en un segundo. Todo su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse y los ojos se le abrieron de par en par, reflejando un pánico puro y primitivo.
—No... no puede ser... —susurró Edu, con los labios temblando y las manos aferrándose con desesperación al borde del suéter—. Me encontró. Me siguió...
Unos golpes violentos y lejanos comenzaron a resonar contra los portones principales de la propiedad, acompañados por gritos ahogados y malDICiones que la neblina arrastraba desde la calle. Era una voz áspera, desquiciada, exigiendo la entrada. El padrastro había llegado.
El terror que paralizó a Edu fue tan intenso que sus piernas cedieron. Dio un traspié hacia atrás, buscando un lugar donde esconderse, y habría caído al suelo de no ser porque los brazos firmes de Esteban lo rodearon con rapidez y precisión quirúrgica, sosteniéndolo contra su pecho antes de que tocara el suelo.
—Mírame, Edu —ordenó Esteban, su tono cambiando de inmediato. La extrema suavidad se había esfumado, reemplazada por una autoridad fría, imponente y afilada como el acero—. Mírame a mí.
Edu levantó los ojos, nadando en lágrimas de puro terror, con las manos temblando contra el pecho de Esteban.
—Van a matarme... por favor, no dejes que me encuentre... —suplicó el chico, con la voz quebrada por un sollozo ahogado.
Esteban le sostuvo el rostro con una mano enguantada, acariciando con el pulgar su pómulo con una devoción feroz, mientras que con la otra mano ajustaba su postura para protegerlo por completo. Sus ojos oscuros brillaban en la penumbra con una furia contenida y mortal. Nadie, absolutamente nadie, iba a tocar un solo cabello de ese chico mientras estuviera bajo su techo.
—Nadie va a entrar aquí. Y nadie te va a tocar jamás —prometió Esteban, con un susurro que sonaba a sentencia de muerte para quien se atreviera a cruzar sus puertas—. Quédate aquí. Déjame encargarme a mí.