El eco de los golpes contra el portón principal resonó como un trueno sordo a través de los muros de piedra de la mansión. Afuera, las maldiciones y los gritos desquiciados del padrastro rasgaban la quietud de la madrugada, exigiendo la devolución de lo que él consideraba de su propiedad.
Edu temblaba con tanta fuerza que su cuerpo entero parecía desmoronarse contra el pecho de Esteban. Las manos del chico se aferraban desesperadamente a las solapas del suéter del mafioso, buscando un ancla en medio del huracán de pánico que lo cegaba.
—Va a entrar... nos va a matar... —balbuceaba Edu, con la respiración cortada y los ojos anegados en un terror tan profundo que le impedía pensar con claridad.
Esteban no apartó la vista de él ni un solo segundo. Con una mano sostuvo la espalda de Edu con firmeza absoluta, mientras que con el dedo pulgar de la otra mano limpiaba con extrema delicadeza las lágrimas que se deslizaban por las mejillas del chico. Su toque era suave, casi reverente, contrastando de manera radical con la tempestad que se desataba al otro lado de las puertas.
—Escúchame bien, Edu —murmuró Esteban, con la voz grave, ronca y cargada de una seguridad inquebrantable—. Ese hombre no va a poner un solo dedo encima de ti. Jamás. Mírame a los ojos. Estás conmigo.
Edu parpadeó lentamente, obligándose a enfocar la mirada en la oscuridad intensa de los ojos de Esteban. Había tanta convicción y tanto poder en esa promesa que, por primera vez, el temblor en su pecho encontró una tregua mínima. Asintió de manera quase imperceptible, con los labios sellados por el miedo pero obedeciendo al instinto de aferrarse a su único salvavidas.
Sin apartar el brazo que protegía al chico, Esteban giró ligeramente la cabeza hacia la puerta del estudio y alzó la voz lo suficiente para que resonara en el pasillo.
—¡Romero!
Un segundo después, la puerta se abrió con absoluta discreción. Su mano derecha y jefe de seguridad, un hombre de hombros anchos y mirada afilada, entró a zancadas, deteniéndose de inmediato al ver la escena y la expresión sombría de su jefe.
—Jefe. Los hombres en la garita reportan que un sujeto intoxicado está alterando el orden en la entrada principal, exigiendo pasar por la fuerza. Dice tonterías sobre...
—Lo sé —lo cortó Esteban, y su tono helado hizo que la temperatura en la habitación descendiera varios grados. La frialdad mafiosa que había mantenido oculta frente a Edu emergió por completo, afilada y letal—. Sácame la basura de mi propiedad.
Romero asintió con la cabeza, comprendiendo la orden al instante sin necesidad de más explicaciones.
—¿Lo neutralizamos y lo desaparecemos, jefe?
—No —respondió Esteban con voz pausada, mirando de reojo a Edu, quien se encogía al escuchar las palabras—. Tráelo aquí. Quiero que vea con sus propios ojos dónde se metió... y quiero verle la cara a la sabandija que se atrevió a tocar lo que ahora es mío.
Romero dio media vuelta y salió a toda prisa, cerrando la puerta con sigilo.
Esteban volvió a centrar toda su atención en Edu. Con un movimiento cuidadoso, lo guió hasta el sillón frente al fuego, ayudándolo a sentarse. Se arrodilló frente a él, tomando las manos heladas del chico entre las suyas para transmitirle calor.
—Voy a dejar que veas el final de esto, Edu —dijo Esteban, con una voz extrañamente dulce que contrastaba con la tormenta de venganza que se cocinaba en su interior—. Para que sepas, de una vez por todas, que ese monstruo ya no tiene poder sobre ti.