El fuego de la chimenea crepitaba con fuerza, proyectando sombras largas y danzantes contra las paredes de madera del estudio. Edu permanecía sentado en el borde del amplio sillón de cuero, con las piernas encogidas hacia el pecho y la gruesa manta cubriéndole los hombros. Tenía la mirada fija en la puerta doble de caoba, con el corazón golpeándole las costillas en un ritmo frenético y doloroso.
Cada segundo que pasaba se sentía como una eternidad suspendida en el aire.
Fuera de la habitación, el sonido de los golpes violentos había cesado de golpe, reemplazado por un murmullo confuso y el eco de pisadas pesadas acercándose por el pasillo principal. Los guardias de Esteban no se andaban con rodeos; el intruso había sido neutralizado y arrastrado al interior de la mansión.
Edu se encogió un poco más bajo la manta, tragando saliva con dificultad. Su mente se debatía entre el terror visceral de volver a ver el rostro de su padrastro y la extraña certeza de que, al otro lado de esa puerta, el mundo que conocía estaba a punto de desmoronarse para siempre.
Esteban se puso de pie con una lentitud deliberada. Se alisó las solapas de la chaqueta oscura, adoptando de nuevo esa postura imponente y amenazante que pertenecía por completo al mundo de la mafia. Sin embargo, antes de girarse hacia la entrada, lanzó una última mirada hacia Edu. Sus ojos oscuros se suavizaron apenas un ápice, transmitiendo una calma silenciosa pero absoluta.
—No tienes que mirar si no quieres —le dijo Esteban con voz baja, firme y profundamente protectora—. Pero si decides hacerlo, quiero que sepas que el miedo se queda aquí adentro. Ya no te pertenece.
Antes de que Edu pudiera responder, las pesadas puertas de madera se abrieron de par en par.
Dos de los hombres de seguridad de Esteban entraron arrastrando a un hombre desaliñado, de aliento agrio a alcohol barato y con la ropa sucia y arrugada. Era él. El padrastro. El hombre que había convertido los últimos diez años de la vida de Edu en un suplicio constante.
El hombre forcejeaba torpemente, soltando maldiciones al aire con la voz ronca y los ojos inyectados en sangre, hasta que sus gritos se cortaron de golpe al cruzar el umbral y ver la opulencia del lugar. Cuando sus sucias botas pisaron la impecable alfombra del estudio, intentó avanzar, pero uno de los guardias le propinó una llave seca en la nuca que lo hizo tambalear y caer de rodillas frente al escritorio de Esteban.
—Suelten al maldito mocoso... ¡Ese es mío! ¡Que me lo devuelvan! —balbuceó el padrastro, intentando levantarse, escupiendo insultos al aire sin siquiera percatarse del tamaño del peligro en el que estaba metido.
Esteban ni siquiera se inmutó. Caminó con pasos pausados y felinos hasta situarse justo frente al hombre arrodillado. Su presencia era tan abrumadora que el recién llegado, a pesar de estar ebrio, sintió el peso helado de la muerte cerniéndose sobre su cuello.
—¿Decías? —preguntó Esteban, con una voz tan fría y cortantes que parecía esculpida en hielo.
El padrastro alzó la vista, encontrándose con la mirada implacable del mafioso. El color se le fue de la cara de inmediato. Intentó balbucear algo, pero las palabras se le ahogaron en la garganta ante la absoluta falta de piedad en los ojos de Esteban.
Desde el fondo de la habitación, sentado en el sillón, Edu observaba la escena con los ojos muy abiertos. Su respiración era superficial. Por primera vez en su vida, el monstruo que lo había aterrorizado desde los diez años no se veía gigante ni invencible; se veía pequeño, patético, temblando de miedo ante el verdadero poder.
Esteban se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando las manos enguantadas sobre las rodillas, con una sonrisa fría y peligrosa dibujándose en la comisura de sus labios.
—Has tocado lo que no debías, y has pisado donde no tenías permiso —susurró Esteban, con un tono que helaba la sangre—. Y en mi mundo, eso se paga caro. Muy caro.
Sin darle tiempo a replicar, Esteban hizo un gesto casi imperceptible con la mano. Los guardias intervinieron de inmediato, levantando al hombre del suelo con brutal eficiencia para sacarlo de la mansión y borrarlo del mapa de una vez por todas. Los gritos de súplica del padrastro se fueron apagando rápidamente a medida que lo arrastraban por el pasillo, hasta perderse por completo en la noche.
El silencio volvió a instalarse en el estudio. Un silencio limpio, absoluto y definitivo.
Esteban se giró lentamente y caminó de regreso hacia Edu. Se arrodilló frente al sillón, quedando exactamente a la altura de los ojos del chico. Con una delicadeza extrema, extendió una mano y apartó con suavidad un mechón de cabello de la frente de Edu.
—Ya se fue, Edu —murmuró Esteban, con la voz suave y devota que solo reservaba para él—. Nunca va a volver a molestarte. Eres libre.