Peligrosamente mío

Capítulo 9: Después de la tormenta El eco del último grito

El eco del último grito del padrastro se disolvió por completo en el exterior, tragado por la inmensidad de la noche y la negrura del bosque que rodeaba la propiedad. Dentro del estudio, el único sonido que quedaba era el crujir suave de los leños en la chimenea y la respiración, ahora un poco más pausada, de Edu.
​Las manos de Esteban seguían sosteniendo con extrema delicadeza el contorno del rostro del chico. Sus pulgares acariciaban la piel fría de sus mejillas, buscando borrar cualquier rastro de tensión, cualquier fantasma persistente que se negara a marchar.
​Edu parpadeó lentamente. Tenía los ojos fijos en Esteban, incapaz de apartar la mirada. Durante una década entera, su vida había estado gobernada por la incertidumbre, por el miedo constante a lo que vendría después de cada golpe, por la certeza de que nunca habría un final feliz. Y, sin embargo, ahí estaba: el monstruo que lo había aterrorizado había desaparecido en cuestión de minutos, borrado del mapa por un hombre al que apenas conocía de unas horas, pero que le había ofrecido el único refugio verdadero que había conocido.
​—¿Ya... ya se fue de verdad? —preguntó Edu, con la voz rota, apenas un hilo de aliento que apenas lograba cruzar sus labios partidos.
​—Se fue para siempre —respondió Esteban, con un tono tan firme y solemne que no dejaba lugar a la mínima duda—. No va a volver a acercarse a ti nunca más, Edu. Te lo juro por mi vida. Nadie volverá a hacerte daño.
​Las palabras flotaron en el aire cálido del estudio, cargadas de una promesa tan pesada y absoluta que el pecho de Edu se contrajo de una forma completamente nueva. No era el dolor del miedo; era el impacto devastador de sentirse, por fin, a salvo.
​Las defensas que había mantenido erigidas con uñas y dientes durante diez años comenzaron a derrumbarse desde la base. El temblor en sus manos cambió de naturaleza, volviéndose el espasmo inevitable de un llanto que ya no intentaba contener. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, silenciosas pero constantes, cayendo directamente sobre los dedos enguantados de Esteban.
​Al ver el quiebre definitivo en los ojos de Edu, Esteban no dudó ni un solo segundo.
​Rompió la distancia que los separaba, arrodillándose por completo sobre la alfombra, y abrió los brazos con una lentitud desesperante, dándole todo el tiempo del mundo para retroceder si se asustaba. Pero Edu no retrocedió. Con un sollozo ahogado que se le escapó del pecho, se dejó caer hacia adelante, arrojándose contra el cuerpo de Esteban y enterrando el rostro en el hueco de su hombro.
​Esteban lo rodeó al instante con una fuerza protectora, estrechándolo contra su pecho como si temiera que, de soltarlo un solo instante, el chico pudiera desvanecerse en el aire. Una de sus manos grandes y firmes se enredó con delicadeza en el cabello húmedo de Edu, mientras la otra abrazaba su espalda con una devoción feroz, pegándolo a él de forma que pudiera sentir los latidos firmes y seguros de su corazón.
​—Ya pasó, pequeño... Ya pasó —murmuraba Esteban contra su cabello, con la voz ronca temblando ligeramente por primera vez en años, dejando caer toda su dureza de capo para convertirse únicamente en el refugio que Edu tanto necesitaba.
​Edu lloró todo lo que se había guardado durante una década. Lloró por el miedo, por el frío, por los años perdidos, pero sobre todo, lloró por el alivio de saber que, en medio de la oscuridad y el peligro del mundo de Esteban, había encontrado un lugar donde finalmente podía descansar.
​Pasaron los minutos en ese silencio compartido, acunados por el fuego y la seguridad de las gruesas paredes de piedra. Cuando los sollozos de Edu comenzaron a calmarse, transformándose en respiraciones lentas y profundas contra su cuello, Esteban supo que ya no había marcha atrás. Ese chico destrozado que había caído en su jardín se había convertido, sin proponérselo, en el centro absoluto de su mundo.
​Y Esteban quemaría el infierno entero antes de permitir que alguien volviera a apagar su luz.



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En el texto hay: moral gris

Editado: 05.08.2026

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