La luz de la madrugada comenzó a filtrarse lentamente a través de los altos ventanales del estudio, tiñendo las estanterías de libros y los muebles de caoba con un tono grisáceo y suave. La tormenta había quedado atrás, dejando el mundo exterior limpio, frío y en completo silencio.
En el centro de la estancia, sobre el amplio sillón frente a la chimenea ya apagada, Edu seguía profundamente dormido. Su cuerpo, por fin desprovisto de la tensión defensiva que lo había mantenido en alerta durante años, descansaba completamente relajado. Tenía la mejilla apoyada contra el hombro de Esteban y una de sus manos aferraba con fuerza in consciente la solapa del suéter del mafioso, como si temiera que al soltarse todo aquello fuera a desaparecer.
Esteban no se había movido de su posición en toda la noche.
Tenía los músculos de los brazos entumecidos y la espalda rígida por haber permanecido horas en la misma postura, pero no le importaba en lo más mínimo. Su mirada oscura estaba fija en el rostro de Edu, detallando la forma en que su respiración se calmaba con cada segundo, la suavidad de su cabello oscuro y la total vulnerabilidad con la que se había entregado a su protección.
En el oscuro y despiadado mundo de la mafia, Esteban jamás había conocido la devoción. Su vida se había regido por contratos, lealtades compradas, sangre y una fría distancia emocional que lo mantenía a salvo de los traidores. Sin embargo, al mirar al chico que dormía plácidamente contra su pecho, comprendió que sus propias reglas acababan de incendiarse por completo. Edu no era un trofeo, ni un peón, ni un daño colateral; se había convertido en su debilidad más sagrada y, paradójicamente, en su fuerza más letal.
Unos golpecitos discretos, casi imperceptibles, resonaron en la puerta del estudio.
Esteban frunció levemente el ceño, temiendo que el ruido pudiera despertar a Edu. Con un movimiento milimétrico y de una extrema delicadeza, enderezó un poco la espalda, liberando la presión sin apartar al chico de su lado, y dirigió la vista hacia la entrada.
La puerta se abrió lo justo para dejar ver el rostro serio de Romero, quien entró con sigilo felino, deteniéndose a varios metros de distancia al notar la escena. El jefe de seguridad bajó los ojos de inmediato, guardando un respeto absoluto.
—Jefe... —murmuró Romero en un tono apenas audible—. Todo está resuelto. Lo que quedó pendiente en el perímetro fue limpiado y no quedará rastro de ese sujeto en la ciudad. Nadie va a volver a molestar por estos rumbos.
Esteban asintió con lentitud, sin apartar la mano que acariciaba protectoramente la espalda baja de Edu.
—Buen trabajo, Romero —respondió con su voz ronca, controlando el volumen al máximo—. Asegúrate de que nadie se acerque a este ala de la mansión en todo el día. Que no haya ruidos, que nadie interrumpa.
—Entendido, jefe. ¿Necesita que mande a preparar alguna habitación en el piso principal para cuando despierte? —preguntó Romero con cautela.
Esteban miró el rostro de Edu, que se removió ligeramente buscando más calor antes de volverse a acomodar contra su pecho. Una sombra de posesividad silenciosa cruzó por la mirada del mafioso.
—No. Que preparen la habitación principal, la que está junto a la mía —ordenó Esteban sin dudarlo ni un segundo—. Y haz que traigan ropa adecuada, comida ligera y lo necesario. Cuando despierte, él estará donde yo pueda cuidarlo.
Romero asintió con la cabeza, comprendiendo la magnitud de la orden. Su jefe acababa de cruzar la línea definitiva, abriendo las puertas de su espacio más íntimo a alguien por primera vez en su vida.
—Enseguida me encargo de todo, jefe.
Sin decir una palabra más, Romero dio media vuelta y salió del estudio con la misma discreción con la que había entrado, cerrando la pesada puerta de caoba a sus espaldas.
El silencio volvió a envolver la estancia, roto únicamente por el suave latido del corazón de Esteban. Sosteniendo al chico entre sus brazos, el capo de la mafia cerró los ojos por un instante, sintiendo por primera vez en su vida que el frío de su imperio al fin encontraba un refugio cálido al cual pertenecer.