Los tres días siguientes transcurrieron en una burbuja de protección absoluta dentro de la mansión. Edu había sido trasladado a la habitación principal, situada justo al lado de la de Esteban, donde las sábanas de lino puro, el silencio absoluto y el aroma a sándalo y lluvia empezaron a borrar el rastro del infierno del que venía. Esteban no se había separado de su lado más que lo estrictamente necesario, alimentándolo con paciencia, vigilando su descanso y demostrándole con cada gesto que ese espacio le pertenecía tanto como a él.
Sin embargo, el mundo exterior no tardó en tocar a la puerta.
El cuarto día, la tranquilidad de la mansión se vio sacudida por la llegada imprevista de los miembros de la alta alcurnia de la familia de Esteban. En el sombrío imperio del capo, la sangre y los apellidos pesaban tanto como las armas, y una dinastía criminal de ese calibre no se gobernaba solo con balas, sino con alianzas, cenas formales y una fachada impecable ante la sociedad.
La noticia de que un desconocido —un chico sin nombre, sin apellido y sin historia conocida— se había instalado en las habitaciones privadas de Esteban había corrido como la pólvora entre los tíos y primos del mafioso. Para ellos, la debilidad era el único pecado imperdonable.
Edu se encontraba en el estudio, hojeando distraídamente un libro de arte que Esteban le había dejado, cuando las puertas dobles se abrieron de golpe con un estruendo innecesario.
Un grupo de tres personas irrumpió en la estancia con pasos altivos. Al frente iba Valeria, una mujer de facciones afiladas, joyas deslumbrantes y una mirada tan fría como el hielo, acompañada por su primo Marcelo, un hombre de hombros anchos y una sonrisa cínica que no llegaba a los ojos.
Edu dio un respingo, cerrando el libro de golpe y levantándose del sillón con los hombros encogidos por el instinto, como si el eco de los gritos de su pasado hubiera vuelto a materializarse.
—Vaya, vaya... Así que este es el famoso "pajarito" que ha puesto la mansión de cabeza —dijo Valeria, deteniéndose a unos metros de distancia y recorriendo a Edu de arriba a abajo con una mueca de desprecio apenas disimulada—. No tienes cara de nada, muchacho. Ropa prestada, modales de calle y un aire de absoluto desconcierto. Dime, ¿cuánto tiempo planeas parasitar en la casa de Esteban antes de que te aburras y salgas corriendo?
El pecho de Edu se contrajo. El tono despectivo, cargado de una superioridad aplastante, le devolvió de golpe la sensación de no pertenecer a ningún lugar. Intentó abrir la boca para responder, pero la voz se le quedó atascada en la garganta seca.
—No te molestes en hablar, cariño —intervino Marcelo, dando un paso al frente con aire burlón, disfrutando visiblemente de la incomodidad del chico—. Los de tu calaña solo saben usar la lástima para trepar a donde no deben. Esteban debe de haber perdido la cabeza por completo para meter a un don nadie en su propia cama. Aunque, bueno, supongo que para pasar el rato en una noche de aburrimiento sirves... por lo menos hasta que se canse de ti y te devuelva al arroyo de donde te sacó.
Las palabras cayeron como un golpe seco sobre el estómago de Edu. El fantasma de la insignificancia, de ser una carga molesta, un error que estorbaba, volvió a apoderarse de él. Las manos le empezaron a temblar ligeramente y dio un paso atrás, chocando contra el borde de la mesa auxiliar. Quería volverse invisible, desaparecer de esa habitación antes de que el desprecio de esa gente terminara por romper lo poco que había sanado.
—No sé qué clase de circo creen que están montando en mi casa —resonó una voz profunda, helada y cortante como el filo de una navaja desde el umbral de la puerta.
La temperatura en el estudio pareció descender a cero de inmediato.
Valeria y Marcelo palidecieron al instante, borrando la sonrisa cínica de sus rostros mientras se giraban lentamente. Esteban venía caminando por el pasillo con paso firme, el rostro esculpido en una máscara de absoluta furia contenida y los ojos oscuros brillando con una luz letal y peligrosa. No llevaba chaqueta, y las mangas de su camisa negra estaban ligeramente remangadas, mostrando la tensión en sus antebrazos.
—Esteban, querido, solo estábamos conociendo al... invitado —intentó excusarse Valeria, recuperando la compostura con una falsa sonrisa nerviosa—. Ya sabes cómo es esto. Nos preocupa que la familia cargue con distracciones innecesarias ahora que...
—No te equivoques, Valeria —la cortó Esteban, interrumpiéndola con un tono tan bajo y cargado de amenaza que hizo que la mujer diera un paso involuntario hacia atrás. Se detuvo justo al lado de Edu, extendiendo una mano protectora para rozar sutilmente su espalda baja, anclándolo al presente—. El único que sobra en esta habitación y en esta propiedad son ustedes por venir a ladrar donde no los llaman.
Esteban dio un paso al frente, obligando a los familiares a retroceder ante su imponente presencia. Su mirada recorrió a Marcelo con un desprecio absoluto.
—Si vuelvo a escuchar que alguien en esta casa le dirige la falta de respeto a Edu con ese tono de inmundicia, juro que voy a encargarme personalmente de recordarles cuáles son las reglas de mi imperio... y quién manda aquí —sentenció Esteban, haciendo que el silencio más absoluto y aterrador se instalara en la estancia.
Los familiares tragaron saliva con dificultad, incapaces de sostenerle la mirada, y optaron por retirarse a toda prisa, murmurando excusas atropelladas mientras abandonaban el estudio con la cola entre las patas.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Esteban exhaló un suspiro lento y se giró de inmediato hacia Edu. Al notar los ojos cristalizados del chico y los hombros temblorosos, toda la furia mafiosa se esfumó de golpe, reemplazada por una urgencia feroz de consuelo.
—Mírame, Edu —pidió Esteban con voz suave, tomándole el rostro con ambas manos con extrema devoción—. No escuches ni una sola palabra de lo que dijeron. Esta es tu casa tanto como mía, y nadie, absolutamente nadie, vuelve a hacerte sentir menos aquí. ¿Me oyes?
Edu lo miró fijamente y, por primera vez, el peso de las burlas ajenas no logró derrumbarlo, porque el refugio que tenía en los brazos de Esteban era infinitamente más fuerte que cualquier desprecio del mundo exterior.