El eco de los pasos de Valeria y Marcelo resonando por el pasillo había desaparecido hacía rato, pero la tensión estática se negaba a abandonar el estudio.
Esteban seguía con las manos apoyadas en el rostro de Edu, sintiendo cómo el temblor en las mejillas del chico iba cediendo muy despacio bajo la calidez de sus palmas. Sus ojos oscuros recorrían cada facción, buscando cualquier rastro de la herida invisible que las palabras venenosas de su familia acababan de abrir.
—Ya se fueron, Edu —repitió Esteban en un murmullo ronco, tan cerca que su aliento rozaba la frente del chico—. No les creas nada. Para ellos, las personas son piezas de ajedrez o deudas pendientes; no entienden lo que es genuino, no entienden lo que es valioso.
Edu bajó la mirada, tragando saliva con dificultad. Tenía los nudillos apretados contra los costados de su suéter, y la respiración seguía siendo un poco irregular.
—Tienen razón... —la voz de Edu salió apenas como un hilo roto, un susurro temeroso que le quemaba la garganta—. Soy un don nadie. No tengo apellido, no tengo dinero... vine huyendo de la basura y me colé en tu casa como un parásito. Tarde o temprano, vas a darte cuenta de que estorbo.
Las palabras cayeron en la estancia con el peso de una losa. Para Edu, el desprecio de la alta sociedad no era una novedad; era el eco exacto de lo que había escuchado durante años en su propia casa, la confirmación constante de que su existencia no valía nada.
Esteban sintió una punzada afilada y fría en el pecho, una rabia sorda que nada tenía que ver con sus enemigos de los bajos fondos, sino con la tristeza profunda que destilaban los ojos del chico.
Sin pensarlo un segundo más, Esteban rompió el espacio que los separaba y lo estrechó contra su cuerpo con una firmeza absoluta. Lo rodeó con ambos brazos, pegando la espalda de Edu a su pecho y apoyando la barbilla sobre su hombro, bloqueando el resto del mundo.
—Escúchame muy bien, porque no te lo voy a repetir —empezó Esteban, y su voz sonó tan solemne, tan ferozmente devota, que cada palabra parecía una sentencia grabada en piedra—. No eres un estorbo. No eres una carga. Y jamás, mientras respires, vas a volver a ser un parásito para nadie.
Edu se quedó rígido por un segundo, con el rostro contraído por la sorpresa ante la intensidad del tono.
—Tú llegaste a mi puerta huyendo de la tormenta, sí —continuó Esteban, ablandando el tono hasta convertirlo en un ronroneo grave y protector contra su oído—, pero lo que no entiendes es que mi vida estaba completamente vacía antes de que aparecieras. No me importan los apellidos de mi familia, ni su dinero, ni sus títulos manchados de hipocresía. Lo único que me importa en este mundo eres tú, Edu. Eres lo único real que tengo.
El pecho de Edu se contrajo de golpe. Las lágrimas, que había estado conteniendo por orgullo y por miedo a confirmar las burlas de Valeria, se desbordaron sin control. Pero esta vez no lloraba de miedo, ni de dolor; lloraba por el impacto absoluto de ser elegido, de ser querido con esa clase de devoción ciega, oscura y salvaje que solo un hombre como Esteban podía ofrecer.
Giró lentamente el cuerpo entre sus brazos y, por iniciativa propia, rodeó el cuello de Esteban con los brazos, enterrando el rostro en el hueco de su hombro y dejando escapar un sollozo ahogado, por fin libre de cadenas.
Esteban lo abrazó con más fuerza, enterrando los dedos en su cabello oscuro y besando con infinita ternura la sien del chico. En ese instante, en medio del lujo frío de la mansión y con las sombras de su propia familia acechando afuera, Esteban supo que ya no había vuelta atrás. Si el mundo entero quería arremeter contra ellos, él estaba más que dispuesto a quemarlo hasta los cimientos con tal de proteger las lágrimas de su chico.