El calor de las últimas brasas en la chimenea era lo único que disipaba el frío de la madrugada en el estudio. La estancia estaba envuelta en un silencio espeso, roto únicamente por el tic-tac lejano de un reloj de pared y el compás de las respiraciones.
Edu seguía sentado en el amplio sillón, con las piernas recogidas bajo la manta y la espalda apoyada contra el pecho de Esteban. Los brazos del mafioso lo rodeaban por la cintura, manteniéndolo anclado en un abrazo protector y constante. Ninguno de los dos tenía ganas de dormir. La cercanía y la intensidad del beso que habían compartido hacía unas horas habían abierto una puerta invisible, disolviendo las últimas barreras de desconfianza que quedaban entre ellos.
Esteban notaba la tensión sutil en los músculos del chico, la forma en que los dedos de Edu se apretaban rítmicamente contra la tela de su propia ropa. Sabía que había fantasmas acechando en la mente de Edu, recuerdos que se negaban a disiparse por completo solo con promesas de protección.
—No tienes que decir nada si te duele demasiado, Edu —murmuró Esteban contra su cabello, con su voz ronca y pausada, rozando con los labios la piel de su sien—. No te voy a obligar a abrir puertas que prefieras mantener cerradas.
Edu cerró los ojos con fuerza, dejando escapar un suspiro tembloroso. El peso de los años acumulados en silencio le oprimía el pecho, pero por primera vez, el miedo a hablar no era mayor que la necesidad de ser escuchado. Quería que Esteban conociera cada rincón de su sombra, que supiera exactamente de qué monstruo lo había rescatado.
—Quiero hacerlo... —la voz de Edu salió apenas como un hilo roto, pero firme en su decisión—. Quiero que sepas de dónde vengo... para que entiendas por qué me aterrorizaba tanto la idea de volver.
Esteban apretó ligeramente el abrazo, dándole todo su apoyo sin interrumpirlo.
—Cuando tenía diez años... mi madre murió —comenzó Edu, con los ojos fijos en las brasas apagadas, viendo revivir los recuerdos en el parpadeo de la ceniza—. Ella era la única que ponía un poco de luz en esa casa. Cuando se fue, quedé a merced de su pareja... el hombre que se convirtió en mi padrastro. Al principio solo eran gritos, insultos por cualquier cosa, por no hacer las cosas a su modo, por respirar demasiado fuerte.
Edu hizo una pausa, tragando saliva con dificultad. Su garganta se contraía al recordar el sabor amargo de la impotencia infantil.
—Después las cosas empeoraron. El alcohol empezó a consumir sus días y sus noches. Cada vez que llegaba borracho, la casa se convertía en un campo minado. Aprendí a esconderme, a volverme invisible, a medir cada paso para no encender su furia. Había días en los que... en los que las paredes de mi habitación se sentían como una celda de castigo. Me decía que no servía para nada, que era una carga inútil, un estorbo que nadie querría jamás.
Una lágrima solitaria se deslizó por la mejilla de Edu, cayendo sobre el dorso de la mano de Esteban. Al sentirla, el mafioso tensó la mandíbula de tal manera que los músculos de su rostro se marcaron con dureza. Una rabia fría, oscura y letal recorrió las venas de Esteban al imaginar a un niño indefenso soportando aquel infierno, pero contuvo cada gramo de su furia para no asustarlo, limitándose a besarle los nudillos con una devoción feroz.
—Diez años viví así, Esteban —continuó Edu, con la voz quebrada por el peso del pasado—. Diez años creyendo que ese era mi lugar en el mundo, que merecía los golpes, los gritos y el desprecio. Cuando abrí la ventana esa noche y corrí hacia tu jardín, no lo hice pensando en salvarme; lo hice porque sabía que si me quedaba un minuto más, iba a terminar muriendo allí adentro... ya sea por sus golpes o porque mi propia cabeza se habría rendido.
Edu giró ligeramente el rostro, apoyando la frente contra el pecho de Esteban, buscando el latido firme y seguro de su corazón.
—Por eso tenía tanto miedo cuando tu familia me miró con desprecio... porque me hizo sentir exactamente igual que él. Me hizo creer que otra vez era solo un estorbo colándose en una vida que no me pertenecía.
Esteban no esperó ni un segundo más. Tomó el mentón de Edu con extrema delicadeza, obligándolo a levantar la vista, y depositó un beso suave, prolongado y lleno de una reverencia infinita en sus labios, antes de mirarlo fijamente a los ojos.
—Escúchame bien, Edu —dijo Esteban, con la voz más grave, solemne y absoluta que jamás le había dirigido—. Ese hombre te rompió porque era un cobarde incapaz de ver el brillo de lo que tenía enfrente. Pero todo eso se terminó. Ya no estás en esa casa. No eres la sombra de lo que te hicieron creer. Eres dueño de cada parte de ti, y mi vida entera te pertenece para asegurarme de que nadie, absolutamente nadie, vuelva a hacerte daño jamás.
Edu lo miró con los ojos anegados en lágrimas, pero esta vez una sonrisa suave y temblorosa se dibujó en sus labios. Por primera vez en su vida, el pasado dejó de ser una cadena pesada para convertirse en una cicatriz que ya no dolía, porque en medio de la oscuridad de su salvador, había encontrado la luz definitiva.