Peligrosamente mío

Capítulo 16: Sombras en el tablero

El sol de la tarde se filtraba a través de las cortinas pesadas del estudio, arrojando largas líneas doradas sobre los estantes de libros y el piso de madera. La atmósfera dentro de la mansión se había vuelto inusualmente tranquila durante los últimos días, un respiro necesario que le había permitido a Edu comenzar a redescubrir lo que significaba vivir sin la constante punzada del miedo en la nuca.
​Sin embargo, en el mundo al que pertenecía Esteban, la calma nunca era más que la antesala de otra tormenta.
​Esteban se encontraba de pie frente a los ventanales, con las manos cruzadas a la espalda y el ceño ligeramente fruncido. Tenía la vista perdida en el camino de entrada, donde un vehículo negro acababa de detenerse con absoluta discreción junto a la fuente principal. De él descendió Romero, su mano derecha, con una carpeta bajo el brazo y una expresión en el rostro que no presagiaba nada bueno.
​Unos segundos después, un golpe seco y medido resonó en la puerta del estudio.
​—Adelante —autorizó Esteban con su voz ronca, sin apartar los ojos de la ventana.
​La puerta se abrió con sigilo y Romero entró, cerrando de inmediato a sus espaldas. Lanzó una breve mirada hacia la esquina de la estancia, donde Edu leía distraídamente en el sofá, antes de acercarse a paso firme hacia su jefe.
​—Jefe, tenemos un problema —comenzó Romero en un tono bajo, lo suficientemente medido para no alarmar al chico, pero con la urgencia justa para captar toda la atención de Esteban—. La familia de su tío... en especial Valeria, no se ha tomado nada bien lo del otro día. Están moviendo fichas por debajo de la mesa.
​Esteban giró lentamente el rostro hacia su subordinado, y la temperatura en la habitación pareció descender de golpe. Sus oscuras pupilas se estrecharon, afilándose como cuchillas.
​—¿Qué clase de fichas? —preguntó Esteban, con un hilo de voz tan frío que helaba la sangre.
​—Están cuestionando su liderazgo ante la junta directiva y los socios principales, utilizando su decisión de mantener a Edu en la mansión como un supuesto síntoma de "debilidad e inestabilidad emocional" —explicó Romero, abriendo la carpeta para mostrar un par de documentos con nombres y firmas—. Dicen que un capo que prioriza a un "desconocido" no es apto para mantener el control de los negocios en la capital. Están convocando a una reunión de urgencia para el final de la semana.
​Desde el sofá, aunque intentaba mantener la distancia para darles privacidad, Edu escuchó fragmentos de las palabras. El nombre de Valeria resonó en sus oídos como un latigazo. El cuerpo se le tensó al instante y el libro que sostenía tembló ligeramente entre sus manos. Una vieja culpa, la molesta sensación de ser una carga y el origen de los problemas de Esteban, comenzó a treparle por la garganta.
​Esteban notó el cambio en el ambiente de inmediato. Antes de que Romero pudiera continuar, el mafioso levantó una mano para detener el informe, dio media vuelta y caminó con pasos firmes directamente hacia el sofá.
​Se arrodilló frente a Edu, bloqueando cualquier otra vista, y le tomó las manos con una firmeza absoluta. Estaban frías.
​—Mírame, Edu —pidió Esteban, con la voz grave y completamente desprovista de la dureza con la que le hablaba a sus subordinados—. No se te ocurra pensar ni por un segundo que esto es tu culpa.
​—Están usando en tu contra el hecho de haberme metido aquí... —murmuró Edu con la voz rota, bajando la mirada sintiendo un nudo en el estómago—. Te estoy trayendo problemas con tu propia familia, Esteban. Si me voy... si salgo de aquí, ellos dejarán de...
​—No vas a ir a ninguna parte —lo cortó Esteban con una autoridad feroz, apretándole suavemente las manos para obligarlo a subir la vista—. Escúchame bien. Mis tíos y mis primos llevan años buscando una excusa para intentar arrebatarme el control, mucho antes de que tú aparecieses en mi jardín. Si no fuera por ti, habrían inventado cualquier otra estupidez. No eres un problema, Edu. Eres lo único por lo que vale la pena sostener este imperio.
​Edu tragó saliva, sintiendo cómo la intensidad de las palabras de Esteban disipaba un poco la culpa que amenazaba con ahogarlo.
​Esteban se puso de pie de nuevo, volviéndose hacia Romero con una expresión que prometía destrucción absoluta. La máscara del protector tierno se desvaneció en un segundo, reemplazada por la del depredador despiadado que gobernaba los bajos fondos con mano de hierro.
​—Que se reúnan, Romero —ordenó Esteban, con una sonrisa fría y peligrosa dibujándose en la comisura de sus labios—. Diles que estaré allí puntualmente. Es hora de recordarles a todos quién construyó este imperio... y qué pasa cuando alguien se atreve a tocar lo que es mío.



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En el texto hay: moral gris

Editado: 05.08.2026

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