La sala de juntas principal del Consejo del Sindicato era un espacio diseñado para intimidar. Ubicada en el piso más alto de un rascacielos blindado en el centro financiero de la capital, sus paredes de cristal polarizado ofrecían una vista panorámica de la ciudad que se extendía como un mar de luces parpadeantes bajo la neblina nocturna. Alrededor de una larga mesa de caoba pulida, los rostros más influyentes y despiadados de la familia y de los socios comerciales esperaban en un silencio tenso.
En la cabecera de la mesa, con las manos apoyadas sobre la superficie y la postura imperturbable, estaba Esteban. Su sola presencia exudaba una autoridad tan pesada que nadie se atrevía a respirar demasiado fuerte. A su derecha, de pie y con la mirada fija en la puerta, se encontraba Romero.
A pocos metros, sentados frente a él, Valeria y su primo Marcelo intercambiaban miradas de triunfante complicidad. Creían tener la sartén por el mango.
—La junta extraordinaria ha sido convocada bajo el artículo doce del estatuto del Sindicato —comenzó Valeria, cruzando las piernas con elegancia falsa y una sonrisa cínica en los labios—. Y los motivos, Esteban, son más que evidentes para todos los presentes. Un líder que pierde el juicio por un mocoso rescatado de la calle, que convierte su residencia privada en un asilo y que descuida los intereses de la organización por debilidad emocional... no está capacitado para seguir al frente.
Un murmullo de aprobación contenida recorrió a algunos de los socios menores sentados a los flancos de la mesa. Marcelo asintió con suficiencia, apoyando los codos sobre la caoba.
—Nadie cuestiona el imperio que construiste, primo —añadió Marcelo con tono burlón—. Pero los negocios exigen sangre fría, no caridad. Si no puedes deshacerte de tus distracciones, el Consejo tendrá que hacerlo por ti. Entréganos el control de las rutas del norte y te permitiremos retirarte a cuidar a tu pequeño protegido en el anonimato.
El silencio que siguió a la provocación fue sepulcral. Todos los asistentes esperaban el estallido de furia de Esteban, el momento en que el temido capo sacaría un arma o perdería los estribos, confirmando la supuesta inestabilidad que sus familiares venían pregonando.
En su lugar, Esteban soltó una risa seca, baja y absolutamente helada que hizo que la sangre de varios de los presentes se congelara en las venas.
Lentamente, se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, y clavó sus oscuras pupilas directamente en Valeria.
—¿Creen que estoy distraído? —preguntó Esteban, con una voz tan suave y cortante que parecía el susurro de una cuchilla—. ¿Creen que mantener a Edu en mi casa es un signo de debilidad?
Valeria tragó saliva disimuladamente, pero mantuvo la barbilla en alto, intentando no flaquear ante la mirada de depredador que su primo le dirigía.
—Los hechos hablan por sí solos, Esteban...
—Los hechos —la cortó Esteban con un tono de mando absoluto que hizo temblar el aire de la sala— son que llevan semanas intentando mover fichas a espaldas mías, creyendo que el trono está vacante. Confundieron mi paciencia con descuido.
Esteban hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza. En ese preciso instante, las puertas de la sala de juntas se abrieron de golpe. Dos de los hombres de seguridad de Romero entraron cargando media docena de maletines pesados y los arrojaron con fuerza sobre la mesa frente a los socios principales. Al abrirlos, los documentos financieros, las grabaciones de llamadas comprometedoras y las pruebas irrefutables de los desvíos de fondos que Valeria y Marcelo habían estado orquestando quedaron expuestos a la vista de todos.
El color desapareció por completo del rostro de Valeria. Marcelo se puso de pie de un salto, pálido como un cadáver.
—¿Qué... qué es esto? —balbuceó Valeria, con la voz quebrada por el pánico al ver que sus propios chanchullos habían sido descubiertos y documentados hasta el último centavo.
—Es la prueba de que mientras ustedes se preocupaban por quién entra o sale de mi casa, yo me encargaba de limpiar la basura dentro de mi propia familia —sentenció Esteban, poniéndose de pie con una lentitud imponente. Su estatura y su aura asesina llenaron cada rincón de la estancia—. En mi mundo, la traición se paga con la vida. Pero hoy voy a tener clemencia: van a entregar sus acciones, sus puestos y sus propiedades en la capital antes de la medianoche. Y si vuelvo a escuchar el nombre de Edu en sus sucias bocas, juro que ni el desierto más lejano podrá ocultarlos de mí.
Nadie se atrevió a replicar. Los socios menores agacharon la cabeza, aterrorizados de que la furia del capo los salpicara también, mientras Valeria y Marcelo permanecían paralizados, sabiendo que acababan de perderlo absolutamente todo en el tablero.
Esteban ajustó los puños de su camisa negra, dio media vuelta sin dignarse a mirarles otra vez y caminó hacia la salida. Su imperio no solo seguía intacto; ahora era más letal que nunca, porque cada segundo de esa victoria pertenecía al chico que lo esperaba, a salvo y protegido, al otro lado de la tormenta.