El motor del auto de Esteban rugió suavemente al adentrarse por los portones de hierro de la mansión, deteniéndose justo frente a la escalinata principal. La noche estaba envuelta en una calma profunda, muy distinta a la tensión asfixiante que había reinado horas antes en el rascacielos del Sindicato.
Esteban descendió del vehículo con paso firme, pero con los hombros relajados por primera vez en días. Abrió la puerta del copiloto y entró a la casona con la urgencia sorda de quien regresa a su verdadero hogar.
En el estudio, la chimenea crepitaba con una llama viva y constante. Edu estaba sentado en el borde del sillón, con las rodillas contra el pecho y la mirada fija en la entrada, consumido por una mezcla de nervios y miedo a que las amenazas de la familia de Esteban hubieran traído consecuencias fatales.
Cuando las puertas del estudio se abrieron y vio entrar a Esteban —ileso, con la corbata ligeramente desatada y la mirada oscurecida pero buscando de inmediato la suya—, el aire pareció volver a los pulmones de Edu de golpe.
—Esteban... —susurró el chico, poniéndose de pie con rapidez, con las manos temblando ligeramente.
Esteban no lo dejó dar ni dos pasos. Cruzó la distancia que los separaba en un par de zancadas y lo envolvió entre sus brazos con una fuerza feroz, pegando el cuerpo de Edu contra el suyo como si buscara comprobar que seguía allí, intacto y a salvo.
—Ya terminó, Edu —murmuró Esteban contra su cabello, con la voz ronca pero teñida de una profunda paz—. Nadie va a volver a molestarnos. Se acabó.
Edu hundió el rostro en el hueco de su cuello, sintiendo el calor reconfortante de su piel y cerrando los ojos mientras dejaba escapar el peso de la angustia acumulada.
—Tenía miedo de que te pasara algo por mi culpa... —confesó Edu con la voz rota por el alivio.
Esteban se apartó lo justo para sostenerle el rostro con ambas manos, puliendo las lágrimas solitarias que amenazaban con escapar con la yema de sus pulgares. Sus ojos oscuros brillaban con una devoción absoluta.
—Escúchame bien: nada malo puede tocarme mientras te tenga a ti —le prometió Esteban, antes de besarle los labios con una ternura infinita, borrando cualquier rastro de sombra que hubiera quedado en el ambiente—. Mi imperio entero no vale un solo segundo de tu tranquilidad.
En ese rincón apartado del mundo, lejos de las conspiraciones, de la sangre y del pasado que los había marcado, ambos supieron que las cadenas se habían roto para siempre. Las puertas de hierro ya no custodiaban una fortaleza fría, sino el hogar donde finalmente habían aprendido a sanar.