Peligrosamente mío

Capítulo 19: Un nuevo horizonte

​Los rayos dorados del sol de la mañana se deslizaron con suavidad a través de los altos ventanales de la habitación principal, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire templado. El canto de los pájaros en el jardín exterior era el único sonido que competía con el ritmo pausado de la respiración.
​Edu abrió los ojos despacio, parpadeando para adaptarse a la claridad. Durante los últimos días, despertar ya no venía acompañado del nudo en el estómago ni del sobresaltos impulsados por la adrenalina del miedo. Por primera vez en su vida, la mañana no era una amenaza latente, sino un lienzo en blanco.
​Sintió un peso cálido y firme rodeando su cintura. Giró ligeramente la cabeza y se encontró con el rostro de Esteban, quien dormía —o simulaba hacerlo— con el ceño sutilmente relajado, una escena insólita para el temido capo que gobernaba los bajos fondos con mano de hierro, pero profundamente íntima y tierna para el chico que lo tenía a su lado.
​Una de las manos de Esteban descansaba con un agarre posesivo pero suave sobre la cadera de Edu, como si incluso en sueños su instinto protector se negara a soltarlo.
​Edu sonrió de manera imperceptible. Con una delicadeza extrema, intentó apartar un mechón oscuro de la frente de Esteban, pero antes de que pudiera retirar los dedos, una mano grande atrapó su muñeca con rapidez y precisión.
​—No te muevas —murmuró Esteban con la voz ronca y profunda típica de las primeras horas de la mañana, abriendo lentamente los ojos oscuros para mirarlo fijamente—. Estás muy bien ahí.
​—Tenía que levantarme... —susurró Edu, con las mejillas ligeramente encendidas por la cercanía.
​—No hay a dónde ir, ni nada que nos apure —respondió Esteban, atrayéndolo todavía más hacia su pecho con un movimiento suave, acortando cualquier espacio restante entre ellos—. Este es nuestro tiempo, Edu.
​Edu exhaló un suspiro de rendición feliz y se dejó abrazar, enterrando el rostro contra el pecho firme del mafioso. Los fantasmas de la casa de su infancia, el desprecio de la alta sociedad y las amenazas del Sindicato se sentían ahora como un eco lejano, historias de otra vida que ya no tenían poder sobre su presente.
​—¿En qué piensas? —preguntó Esteban al cabo de un rato, acariciándole con suavidad los nudillos y trazando círculos en su espalda.
​—En que... por primera vez siento que este lugar realmente me pertenece —confesó Edu, levantando la vista para encontrarse con la mirada devota del hombre que lo había salvado—. Ya no siento que estoy huyendo.
​Esteban sonrió, un gesto cálido y genuino que iluminó su rostro endurecido por los años de guerra en la mafia. Inclinó la cabeza y depositó un beso tierno y prolongado en los labios de Edu, un sello silencioso a todas las promesas hechas en la oscuridad de la noche anterior.
​—Nunca más vas a tener que huir, Edu —aseguró Esteban con absoluta firmeza—. Eres libre. Y yo voy a estar aquí, cuidando cada paso de tu camino.
​A través de la ventana, el mundo exterior seguía girando, ajeno a los secretos y a la historia de redención tejida entre las paredes de piedra de la mansión. Pero dentro de ese refugio, la tormenta había terminado para dar paso a un amanecer limpio, donde el futuro, por fin, les pertenecía a los dos.



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En el texto hay: moral gris

Editado: 05.08.2026

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