Peligrosamente mío

Capítulo 20: El primer paso afuera

La tarde trajo consigo una brisa fresca que mecía las copas de los árboles del jardín con una suavidad apacible. La mansión, habitualmente envuelta en un silencio militar y sobrio, parecía respirar un aire completamente nuevo.
​Edu estaba sentado en el borde de la amplia cama de la habitación principal, mirando distraído hacia el exterior a través de los cristales limpios. Llevaba puesta una camisa de lino claro que Esteban le había conseguido, mucho más ligera que los suéteres pesados con los que se había blindado durante los primeros días.
​Unos pasos firmes resonaron en el pasillo antes de que la puerta se abriera con suavidad. Esteban apareció en el umbral. Llevaba la chaqueta negra sobre el brazo y los primeros botones de la camisa desabrochados, con una expresión en el rostro que se ablandó de inmediato al cruzarse con los ojos de Edu.
​—¿Te aburres aquí dentro? —preguntó Esteban con su voz ronca, cruzando la habitación para detenerse frente a él y apoyar una mano cálida en su nuca, rozando con el pulgar la piel de su cuello.
​Edu negó con la cabeza, esbozando una sonrisa tímida pero genuina.
​—No... estoy bien. Es solo que... —hizo una breve pausa, mirando hacia el ventanal que daba al jardín trasero—. Hace días que no veo el sol de verdad. Afuera.
​Esteban lo observó en silencio durante unos segundos, descifrando la duda y el pequeño rastro de vértigo que aún parpadeaba en el fondo de los ojos del chico. Sabía lo que significaba cruzar esa puerta; implicaba salir de la burbuja blindada de la mansión y enfrentarse al mundo exterior, incluso si ya no había ningún peligro acechando.
​—¿Quieres salir? —preguntó Esteban con total suavidad, sin presionar, dándole el control absoluto de la decisión—. Si no estás listo, nadie va a obligarte. Podemos quedarnos aquí el tiempo que necesites.
​Edu bajó la vista hacia la mano de Esteban, sintiendo la firmeza y el apoyo incondicional que emanaba de su tacto. Comprendió que el miedo nunca iba a desaparecer por completo de golpe, pero también sabía que, si seguía encerrado por propia voluntad, las paredes de la habitación terminarían convirtiéndose en otra clase de celda. Y ya no quería vivir con miedo.
​Alzó la barbilla, respiró hondo y asintió con determinación.
​—Sí. Quiero salir... contigo.
​Una chispa de orgullo y profunda ternura iluminó la mirada oscura de Esteban. Le extendió la mano abierta con una paciencia infinita.
​—Entonces vamos.
​Edu puso su mano sobre la de él, sintiendo cómo los dedos de Esteban se cerraban con firmeza y seguridad alrededor de los suyos. Juntos, caminaron fuera de la habitación, recorriendo los pasillos silenciosos de la mansión hasta descender las escaleras principales y atravesar el vestíbulo.
​Cuando el pesado portón de madera se abrio y cruzaron el umbral hacia el jardín, la luz de la tarde los recibió de lleno. El aire fresco rozó el rostro de Edu, trayendo consigo el aroma de la tierra húmeda, las flores silvestres y la hierba recién cortada.
​Edu se detuvo un instante en el primer escalón de piedra, cerrando los ojos por un segundo al sentir el calor del sol sobre su piel. No había ruidos amenazantes, ni gritos lejanos, ni la opresión en el pecho que lo había ahogado durante años. Solo estaba el silencio de los jardines, la inmensidad del horizonte y la mano de Esteban sosteniéndolo con fuerza, recordándole que ya era dueño absoluta de su propio destino.
​Esteban se inclinó ligeramente hacia su oído, rozando su mejilla con los labios.
​—Bienvenido a casa, Edu —susurró con una devoción inquebrantable.
​Edu abrió los ojos, miró el camino despejado que se extendía frente a ellos y sonrió, sabiendo que, por fin, el futuro era un lugar seguro al que valía la pena llegar.



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En el texto hay: moral gris

Editado: 05.08.2026

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