El timbre del teléfono satelital resonó en el despacho privado con una insistencia urgente que rompió la quietud de la medianoche.
A cientos de kilómetros de la mansión, en una ciudad portuaria donde las negociaciones del Sindicato se alargaban más de lo previsto, Esteban abrió los ojos de golpe en la absoluta oscuridad de la habitación de hotel. El aire se le congeló en el pecho. Llevaba dos días fuera, obligado a atender un frente comercial crítico en el extranjero que no podía delegar en nadie más, y la única condición inquebrantable que había impuesto antes de partir era que el perímetro de su hogar estuviera blindado de cualquier amenaza.
Extendió la mano con rapidez, arrebatando el aparato de la mesita de noche antes de que emitiera un segundo tono.
—Habla Esteban.
—Jefe... —la voz de Romero al otro lado de la línea sonaba tensa, áspera y teñida de un pánico apenas contenido que hizo que el capo se pusiera de pie de un salto—. Tenemos una emergencia en la propiedad.
El corazón de Esteban dio un vuelco violento.
—Explícate ahora mismo, Romero —ordenó Esteban, con la voz convertida en un látigo de hielo puro, mientras comenzaba a vestirse a toda prisa con las manos firmes pero temblando de rabia contenida.
—Los sistemas de seguridad del sector norte fueron vulnerados hace veinte minutos. Alguien desactivó los sensores perimetrales utilizando códigos internos que solo manejaba personal de confianza... o alguien que conocía muy bien los puntos ciegos —informó Romero rápidamente, con el sonido de pisadas y órdenes a gritos de fondo—. Cuando los muchachos llegaron al ala oeste, la habitación principal estaba vacía. El joven Edu no está.
El teléfono pareció estallar en los oídos de Esteban. Un rugido sordo, primitivo y letal brotó de su garganta.
—¿Cómo que no está? —bramó Esteban, haciendo temblar los cristales de la habitación de hotel—. ¡Tenías orden directa de vigilarlo cada segundo!
—Lo sé, jefe, asumimos toda la responsabilidad, pero investigamos las cámaras del circuito cerrado de emergencia... —Romero tragó saliva antes de dar el golpe final—. No fue un asalto al azar. Fue una extracción quirúrgica. Y por la forma en que se movieron... reconocimos el sello. Fue un comando enviado por los leales que le quedan a Valeria. Quieren cobrar venganza por la junta directiva y saben perfectamente que tocar al chico es la única manera de doblegarlo.
Esteban sintió que el mundo entero se desmoronaba y se incendiaba al mismo tiempo. Toda la sangre fría, la estrategia y la paciencia calculada que lo habían mantenido en la cima del Sindicato se evaporaron en un segundo, devoradas por un fuego incontrolable. Había creído que la tormenta había terminado, que al cortar la cabeza de la familia los había neutralizado por completo, subestimando la desesperación de los cobardes arrinconados.
—Prepara mi avión privado de inmediato —ordenó Esteban con una voz tan oscura y aterradora que el propio Romero enmudeció al otro lado de la línea—. Y dile a cada maldito hombre armado en un radio de quinientos kilómetros que si le pasa un solo rasguño a Edu, juro que voy a encargarme personalmente de desollar vivos a todos los responsables. Voy en camino.
Cortó la llamada de golpe y arrojó el aparato contra la pared, destrozándolo en mil pedazos.
A miles de kilómetros de allí, en un almacén abandonado y frío cerca de la costa, Edu abrió los ojos lentamente, sintiendo un dolor punzante en la nuca y el sabor metálico de la sangre en los labios. Las manos las tenía atadas con fuerza a la espalda y el frío del suelo de cemento se le filtraba hasta los huesos. Frente a él, entre las sombras de la bodega, una silueta conocida dio un paso al frente con una sonrisa cruel y vengativa.
La pesadilla había vuelto, pero esta vez, el monstruo que venía a rescatarlo no tendría