Peligrosamente mío

Capítulo 22: Fuego en las venas

El olor a humedad, gasolina y óxido inundaba el ambiente cerrado del almacén abandonado. Las luces de los fluorescentes colgantes parpadeaban con un zumbido eléctrico molesto, proyectando sombras largas y distorsionadas sobre las paredes de concreto agrietado.
​Edu sacudió la cabeza con lentitud, intentando alejar el mareo denso que le nublaba la vista. El golpe en la nuca había sido seco, preciso, ejecutado por alguien que sabía exactamente cómo noquear a una persona sin matarla. Al intentar moverse, sintió cómo las cuerdas de cáñamo áspero le cortaban la piel de las muñecas, atadas con fuerza contra el respaldo de una silla metálica fría. El pánico, ese viejo conocido que creía haber enterrado bajo los brazos protectores de Esteban, comenzó a treparle por la garganta como una garra helada.
​—Vaya, vaya... Parece que el pajarito por fin despertó —resonó una voz femenina, cortante y cargada de un veneno absoluto.
​De entre las sombras de la esquina más oscura emergió Valeria. Ya no llevaba las joyas deslumbrantes ni la elegancia pretenciosa con la que se paseaba por las altas esferas del Sindicato; su ropa estaba arrugada, el cabello suelto y desordenado, y en sus ojos oscuros brillaba una desesperación maníaca, la mirada rabiosa de una bestia acorralada que lo había perdido absolutamente todo. Detrás de ella, dos matones armados con barras de metal observaban a Edu con una sonrisa burlona.
​Edu tragó saliva con dificultad, sintiendo el sabor metálico de la sangre en sus labios partidos.
​—Tú... —murmuró con la voz ronca, apenas logrando emitir sonido.
​—Sí, yo, pequeño parásito —espetó Valeria, acercándose a él con pasos lentos y felinos hasta detenerse a pocos centímetros. Le agarró la barbilla con fuerza con una mano enguantada, obligándolo a levantar la vista—. ¿Creíste que ibas a colarte en la vida de mi primo, destruir nuestro legado y salir impune? Esteban nos quitó todo. Nos arrojó a la calle como a perros. Y ahora le vamos a devolver exactamente el mismo dolor, multiplicado por mil.
​El corazón de Edu dio un vuelco violento. No temía por él; el terror helado que lo recorría tenía un solo nombre.
​—Esteban no va a negociar con ustedes... —dijo Edu con valentía, a pesar del temblor incontrolable en sus labios—. Los va a matar a todos.
​Valeria soltó una carcajada seca, desquiciada, y lo soltó de un empujón que hizo tambalear la silla metálica.
​—Oh, claro que nos va a encontrar. De hecho, ya viene en camino —respondió Valeria con una sonrisa cínica, sacando un teléfono satelital de su bolsillo y arrojándolo sobre una mesa oxidada cercana—. Mandamos un mensaje directo a su avión apenas salimos de tu bonita mansión. El gran capo de la mafia está volando desesperado, solo, directo a nuestra trampa. Y cuando llegue aquí... va a tener que elegir entre ver cómo te vuelo los sesos o entregarnos de rodillas todo lo que le queda.
​Edu cerró los ojos con fuerza. El peso de la culpa lo golpeó con más fuerza que los golpes físicos. Todo era una trampa diseñada para que Esteban cayera en el abismo.
​—No... no debieron hacer esto —susurró Edu, con los ojos anegados en lágrimas que se negaba a dejar caer.
​—Guarda tus lágrimas para cuando tu protector cruce esa puerta y vea lo que queda de ti —siseó Valeria, dándose la vuelta hacia los guardias—. Vigílenlo. Si intenta decir una sola palabra más, bájjenle los humos a golpes.
​Mientras tanto, a cientos de kilómetros en el aire, el jet privado de Esteban surcaba la noche a velocidad máxima. El capo estaba de pie junto a la ventanilla oscura, con los nudillos blancos de tanto apretar el marco metálico y una furia tan absoluta y destructiva latiendo en sus sienes que ningún hombre a bordo se atrevía a dirigirle la mirada.
​Habían tocado lo único sagrado que le quedaba en el mundo. Y cuando pusiera un pie en tierra firme, iba a arrancar el infierno entero para recuperar a Edu.



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En el texto hay: moral gris

Editado: 05.08.2026

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