Peligrosamente mío

Capítulo 23: La tormenta sobre el puerto

El motor del jet privado rugió con una violencia ensordecedora antes de tocar el asfalto de la pista clandestina, ubicada en los astilleros abandonados de la zona portuaria. Apenas las compuertas se abrieron, Esteban descendió del avión antes de que este terminara de detenerse por completo. Su rostro era una máscara de piedra tallada en hielo puro, pero en el fondo de sus ojos oscuros ardía un fuego tan letal que parecía capaz de fundir el metal.
​Romero y un convoy de camionetas negras lo esperaban al pie de la pista. El jefe de seguridad dio un paso al frente de inmediato, abriendo la puerta trasera del vehículo principal.
​—Jefe, tenemos la ubicación exacta del teléfono satelital que usaron para hacer la llamada. Es un almacén en desuso al fondo del muelle tres. Estructura de concreto, una sola entrada principal y rodeado de contenedores —informó Romero con precisión milimétrica, entregándole un chaleco antibalas y un arma corta—. Tienen perímetro cubierto, pero mis hombres ya están posicionados en los flancos. Esperamos su orden para la brecha.
​Esteban ignoró el chaleco. Se desabotonó los puños de la camisa, arremangándolos con movimientos mecánicos y fríos, antes de tomar el arma y comprobar el cargador con un chasquido seco.
​—No habrá brecha negociada, Romero —sentenció Esteban con una voz tan baja y áspera que heló el aire circundante—. Nadie entra conmigo. Rodéen el perímetro, asegúrense de que nadie escape de esta zona viva... y dejen el resto en mis manos.
​Romero asintió con la cabeza, comprendiendo que intentar detener la furia desatada del capo era una misión suicida.
​Minutos después, la camioneta de Esteban se detuvo a un centenar de metros del almacén señalado, apagando las luces por completo. El capo descendió en silencio, moviéndose entre las sombras de los contenedores oxidados con la agilidad y el sigilo de un depredador acechando a su presa. La brisa marina traía el olor a salitre mezclado con el eco lejano del agua golpeando contra los muelles, pero para Esteban el mundo entero se había reducido a un solo objetivo: las puertas dobles de metal al fondo del callejón.
​Dentro del almacén, el ambiente seguía cargado de tensión y frío. Edu continuaba atado a la silla metálica, con las muñecas adormecidas por la presión de las cuerdas y la respiración agitada. A pocos metros, Valeria paseaba de un lado a otro con una pistola en la mano, visiblemente alterada por el paso de los minutos.
​—Ya debería estar aquí... —masculló Valeria para sí misma, mirando el reloj con nerviosismo—. Si nos traicionó o intentó traer a todo su ejército...
​No pudo terminar la frase.
​Un estruendo metálico, seco y brutal sacudió el portón principal del almacén. Las pesadas hojas de acero cedieron de golpe hacia adentro, arrancadas de sus goznes por una fuerza descomunal, y se estrellaron contra el suelo de cemento levantando una nube de polvo y chispas.
​El silencio sepulcral que siguió fue interrumpido únicamente por el sonido de unas botas pisando con firmeza sobre los escombros.
​Valeria dio un salto, apuntando con el arma hacia la entrada, mientras los dos matones se ponían en guardia. Pero cuando las partículas de polvo se disiparon y la figura alta y imponente de Esteban emergió de la penumbra, el color huyó por completo de sus rostros.
​No venía flanqueado por un ejército. Venía solo. Y su sola presencia irradiaba una sentencia de muerte segura.
​—Valeria —la voz de Esteban resonó en la nave industrial como el trueno antes de la tempestad, afilada, mortal y completamente desprovista de humanidad—. Soltaste a los perros equivocados.



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En el texto hay: moral gris

Editado: 05.08.2026

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