Peligrosamente mío

Capítulo 24: Cenizas del imperio caído

El eco de la voz de Esteban retumbó en las paredes de concreto del almacén abandonado, haciendo que el aire pareciera estática pura. La figura del capo recortada contra la entrada era la definición misma de la devastación inminente; no quedaba ni un rastro del hombre que sonreía en los jardines de su mansión o que sostenía con infinita ternura a Edu en la madrugada. Solo estaba el depredador absoluto dispuesto a arrasar con todo lo que se interpusiera entre él y lo suyo.
​Valeria tragó saliva con fuerza, sintiendo cómo el arma le temblaba en la mano enguantada. A pesar del terror helado que le recorrió la espina dorsal al ver la mirada sanguinaria de su primo, apretó los dientes e intentó recuperar el control de la situación, dando un paso hacia atrás hasta quedar justo al lado de la silla donde Edu estaba atado.
​—¡No te acerques, Esteban! —chilló Valeria, levantando la pistola y apuntando directamente a la sien de Edu—. ¡Un paso más y le vuelo los sesos aquí mismo! ¿Crees que me importa morir? ¡Lo perderé todo, pero tú te irás al infierno con este mocoso de la mano!
​Los dos matones que la acompañaban se colocaron a sus flancos, levantando sus propias armas con los nudillos blancos, aunque el temblor en sus piernas delataba que estaban aterrados ante la furia que irradiaba el capo.
​Esteban se detuvo en seco a mitad de la nave. No avanzó ni un centímetro más, pero sus oscuras pupilas se clavaron en los ojos de Valeria con una intensidad tan cortante que la mujer sintió que la atravesaban por dentro.
​—Baja esa arma, Valeria —ordenó Esteban, y su voz sonó tan baja, tan letal y tan absolutamente segura de sí misma que hizo que los matones retrocedieran un paso por puro instinto de supervivencia—. Si el cañón de tu pistola se mueve un milímetro más hacia él, juro que voy a encargarme de que desees haberte muerto hoy. Cada segundo que pasa respirando cerca de ti es una ofensa que voy a cobrar con sangre.
​Edu, con las muñecas adormecidas y la respiración cortada, levantó la vista hacia Esteban. A pesar del miedo que le oprimía el pecho, al ver la desesperación contenida y la furia ciega con la que su salvador había venido a buscarlo, una corriente de absoluta devoción le recorrió las venas.
​—Esteban... no... —murmuró Edu con un hilillo de voz, temiendo que su presencia fuera la perdición del hombre que amaba.
​—Cállate, Edu. Estoy aquí. Nadie te va a tocar —respondió Esteban sin apartar los ojos de Valeria ni por una fracción de segundo.
​Valeria soltó una risa histérica, perdiendo los últimos jirones de cordura.
​—¡Míralo! ¡El gran capo de los bajos fondos reducido a rogándole a un don nadie! —gritó fuera de sí, apretando el dedo contra el gatillo con una tensión peligrosa—. ¡Todo esto es su culpa! ¡Si no lo hubieras metido en tu casa, nada de es...
​No terminó la frase.
​Con una velocidad que desafiaba la física, Esteban sacó el arma de su cinto y disparó.
​El fogonazo iluminó la oscuridad de la nave con un destello cegador y el estampido ensordecedor del disparo sacudió las paredes de lámina. La bala no iba dirigida a Valeria, sino al brazo con el que sostenía el arma; el impacto certero hizo volar la pistola de su mano entre una nube de chispas y un grito desgarrador de dolor.
​Antes de que los dos matones alcanzaran a reaccionar, Esteban ya se había movido como una exhalación, cruzando la distancia con una ferocidad bestial. De un golpe seco desarmó al primer hombre y le quebró el mentón con la culata del arma, haciéndolo caer inconsciente al suelo. El segundo intentó disparar, pero Esteban fue más rápido: un movimiento de cadera y una llave precisa bastaron para neutralizarlo y estamparlo contra el concreto.
​En menos de tres segundos, la pelea había terminado.
​Valeria cayó de rodillas al suelo, agarrándose el brazo herido mientras la sangre comenzaba a teñir su ropa de un rojo oscuro, con el rostro desencajado por el terror absoluto mientras veía a Esteban avanzar hacia ella con pasos pesados y inevitables.
​El capo se detuvo frente a su prima, mirándola desde arriba con un desprecio tan profundo que helaba el alma. Pero no levantó el arma contra ella; su venganza no iba a ser tan piadosa como una bala rápida. Dio media vuelta de inmediato y caminó a zancadas hacia la silla donde Edu seguía atado.
​Con manos firmes pero temblando ligeramente por la adrenalina pura, Esteban desató las cuerdas ásperas que aprisionaban las muñecas de Edu, liberándolo por completo.
​Apenas el último nudo cedió, Edu se lanzó hacia adelante, arrojando los brazos alrededor del cuello de Esteban y enterrando el rostro en su hombro con un sollozo ahogado de puro alivio.
​Esteban lo atrapó al vuelo, rodeándolo con la fuerza de un huracán y apretándolo contra su pecho como si quisiera fusionarlo con su propia piel. Hundió el rostro en el cabello oscuro de Edu, respirando su aroma con desesperación, mientras el mundo exterior dejaba de importar.
​—Te tengo. Ya pasó, mi amor —susurró Esteban con la voz rota, besando su sien una y otra vez con una devoción feroz—. Nadie te va a volver a apartar de mi lado. Jamás.



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En el texto hay: moral gris

Editado: 05.08.2026

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