La luz del amanecer se derramaba sobre el estudio con una limpidez inusual, tiñendo las estanterías de caoba y el suelo de madera con reflejos dorados y cálidos. La noche anterior había quedado atrás como un mal sueño, disuelta por el silencio absoluto que ahora reinaba en toda la mansión.
Edu abrió los ojos despacio. Por primera vez en días, no sintió el eco del pánico ni el dolor punzante en las muñecas; las marcas rojas habían comenzado a desvanecerse, cuidadas con una devoción casi obsesiva por las manos de Esteban antes de que ambos se quedaran dormidos abrazados en el sillón.
Sintió el peso reconfortante del brazo de Esteban sobre su cintura, manteniéndolo anclado contra su pecho en una protección que ya no nacía del miedo a perderlo, sino de la pura costumbre de habitar el mismo refugio. Giró levemente la cabeza para mirarlo. El rostro del capo, habitualmente endurecido por las cicatrices de la guerra en los bajos fondos, lucía completamente en paz, con el ceño relajado y la respiración profunda y constante.
Edu sonrió, sintiendo una calidez inmensa en el pecho. Estiró los dedos con sumo cuidado para trazar la línea de su mandíbula, memorizando la textura de su piel y la firmeza de un hombre que había quemado su propio mundo hasta los cimientos con tal de rescatarlo.
Antes de que pudiera apartar la mano, los dedos de Esteban se cerraron con suavidad alrededor de su muñeca, deteniendo el movimiento sin abrir los ojos. Una sonrisa imperceptible se dibujó en la comisura de los labios del mafioso.
—Despierto desde hace rato —murmuró Esteban con su voz ronca, profunda y baja, típica de las primeras horas de la mañana.
—¿Ah sí? —preguntó Edu con una falsa sorpresa, sintiendo las mejillas teñidas de un rubor suave—. Y ¿por qué no decías nada?
Esteban abrió lentamente los ojos, revelando unas pupilas oscuras y magnéticas que lo miraban con una intensidad tan devota que cortaba la respiración. Deslizó la mano desde su muñeca hasta su nuca, atrayéndolo todavía más hacia él hasta que sus frentes quedaron prácticamente rozándose.
—Porque me gusta verte despertar sabiendo que estás a salvo —respondió Esteban con total seriedad, depositando un beso suave y prolongado en la punta de su nariz—. Hoy no hay juntas directivas, ni llamadas satelitales, ni enemigos acechando en las sombras. Hoy el día entero te pertenece.
Edu exhaló un suspiro de pura felicidad, sintiendo que el peso de su pasado —los diez años de encierro, el miedo, el desprecio— se había borrado por completo, reemplazado por la certeza de que su lugar en el mundo estaba exactamente ahí, bajo la protección y el amor salvaje de un hombre que lo había elegido por encima de todo.
—Quiero ver el jardín —dijo Edu de repente, con un brillo nuevo y travieso en los ojos—. Ayer apenas pudimos salir un segundo antes del caos. Quiero recorrerlo entero contigo.
Esteban sonrió de verdad, un gesto genuino que iluminó todo su rostro, y asintió sin dudar ni un segundo.
—Lo que quieras, Edu. El jardín, la casa, el mundo entero si lo pides. Es tuyo.
Se incorporaron despacio, envueltos en una complicidad silenciosa. Cuando abrieron las puertas del estudio y salieron juntos hacia la galería que daba al exterior, el aire fresco de la mañana los recibió con una promesa de paz definitiva. Las sombras se habían disipado por completo; el refugio ya no era una fortaleza construida contra la tormenta, sino el hogar donde ambos, por fin, habían empezado a vivir.