Los meses siguientes transcurrieron con una calma que en la vida de Esteban parecía una utopía inalcanzable. Los portones de hierro de la mansión ya no se sentían como los barrotes de una celda dorada, sino como el perímetro de un santuario construido a su medida. Las amenazas del Sindicato se habían desvanecido por completo; tras la caída de Valeria y la reestructuración absoluta de las rutas financieras, nadie en el bajo mundo se atrevía a cuestionar la autoridad del capo ni a poner los ojos sobre su refugio.
La tarde se deslizaba perezosa, teñida de los tonos cobrizos y dorados del atardecer. En la amplia biblioteca del segundo piso, Edu estaba sentado en el alféizar de la ventana, con las piernas cruzadas sobre el cojín de terciopelo y un libro abierto entre las manos. Ya no le hacían falta los suéteres anchos y oscuros para protegerse del frío imaginario del mundo; ahora vestía con una comodidad relajada, con la luz del sol jugando libremente entre sus mechones oscuros.
Unos pasos pesados y conocidos resonaron en el pasillo antes de que la puerta se abriera con suavidad. Esteban apareció en el umbral. Llevaba la chaqueta sobre el brazo y los primeros botones de la camisa desabrochados, pero en su rostro ya no quedaba el rastro de la fatiga o la tensión perpetua que lo definía cuando lo conoció.
Esteban se detuvo en medio de la estancia, observándolo en silencio durante unos segundos. Para él, ver a Edu leyendo con esa tranquilidad, con una sonrisa tenue dibujada en los labios y el alma finalmente en paz, era la única victoria que realmente le importaba.
—¿Te has pasado toda la tarde ahí sentado? —preguntó Esteban con su voz ronca y cálida, acercándose a lentos pasos hasta detenerse frente al ventanal.
Edu levantó la vista del libro, marcando la página con los dedos, y le regaló una sonrisa radiante que hizo que el pecho de Esteban diera un vuelco.
—Estaba esperando a que terminaras tus llamadas —respondió Edu con naturalidad, cerrando el tomo y dejando que Esteban se inclinara hacia él para apoyarse contra su pecho—. ¿Ya eres libre por lo que queda del día, capo?
Esteban soltó una risa baja y gutural, rodeando la cintura de Edu con sus brazos fuertes y levantándolo sin esfuerzo para acomodarlo mejor contra su cuerpo, enterrando el rostro en el hueco de su cuello.
—Para ti siempre soy libre, Edu —susurró Esteban contra su piel, depositando un beso lento y devoto que hizo suspirar al chico—. De hecho... tengo una sorpresa. Y no me digas que no estás listo, porque llevamos semanas planeándola.
Edu parpadeó, intrigado, separándose un poco para mirarlo a los ojos con curiosidad.
—¿Una sorpresa? ¿Qué clase de sorpresa?
—Mañana salimos —anunció Esteban con una sonrisa lobuna pero tierna, mirándolo fijamente—. No a una reunión, ni a un almacén, ni a escondernos de nada. Vamos a pasar una semana entera en una cabaña frente al lago, lejos de la ciudad, lejos de los negocios y de todo lo demás. Solo tú y yo.
El corazón de Edu dio un salto de pura emoción. La idea de viajar, de ver el mundo exterior de la mano del hombre que lo había rescatado del infierno, ya no le provocaba vértigo; solo le llenaba el pecho de una ilusión desbordante.
—¿De verdad? —preguntó con los ojos brillando de entusiasmo.
—¿Cuándo te he mentido? —respondió Esteban con absoluta seguridad, acunando su rostro entre sus manos grandes y callosas para besarle los labios con una ternura infinita—. Te mereces conocer el mundo, Edu. Y yo voy a encargarme de mostrarte cada rincón en el que valga la pena ser feliz.
Edu lo rodeó con los brazos por el cuello, apretándose contra él y sellando la promesa con un beso profundo, entregado y libre de cualquier sombra. El pasado había quedado atrás, enterrado bajo las cenizas del tiempo; lo único que existía era el horizonte que se abría ante ellos, un mañana entero que por fin les pertenecía por completo.