El aire de la montaña tenía un aroma limpio a pino húmedo y tierra mojada, muy distinto al bullicio y al asfalto de la capital. La cabaña de madera rústica, levantada a orillas de un lago de aguas cristalinas que reflejaban las cumbres nevadas a lo lejos, era un refugio cálido y apartado del mundo.
Edu estaba de pie junto al ventanal principal, con una taza de café humeante entre las manos, contemplando cómo el sol comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y violetas sobre el espejo del agua. El silencio del bosque era profundo, interrumpido únicamente por el murmullo lejano del viento entre los árboles y el crujir suave de los leños en la chimenea de piedra.
Unos pasos firmes se acercaron por sus espaldas y, un segundo después, los brazos de Esteban lo rodearon con familiaridad, abrazando su cintura y pegando su espalda contra el pecho cálido del mafioso. Esteban apoyó la barbilla en su hombro, cerrando los ojos un instante para respirar el aroma a vainilla y café que desprendía el chico.
—¿Te gusta este lugar? —preguntó Esteban en un murmullo ronco, rozando con los labios la piel descubierta de su cuello.
Edu sonrió, dejando escapar un suspiro de absoluta paz, y recostó la cabeza contra el hombro de Esteban, disfrutando de la firmeza de su agarre.
—Es perfecto... —respondió Edu con la voz suave, girándose un poco entre sus brazos para mirarlo de frente—. Es tan silencioso. A veces todavía me cuesta creer que podamos estar así, sin mirar a las espaldas, sin esperar que algo estalle.
Esteban le tomó el rostro con ambas manos, acunándolo con una devoción tan intensa que desmentía la dureza de sus rasgos. Sus oscuras pupilas brillaban con la luz de las llamas de la chimenea.
—Acostúmbrate, Edu —dijo Esteban con una seguridad absoluta—. El peligro se quedó muy atrás. De ahora en adelante, cada lugar donde estemos juntos será exactamente esto: paz. No voy a permitir que nada ni nadie vuelva a interrumpir lo nuestro.
Edu levantó la barbilla y buscó sus labios, fundiéndose en un beso lento, paciente y lleno de una certeza infinita. Ya no quedaban rastros del miedo que lo había consumido durante años; el pasado se había desvanecido, consumido como las cenizas en la chimenea, dejando espacio únicamente para el calor de ese nuevo hogar que habían construido juntos, más allá de todas las murallas.