El crepitar de la madera en la chimenea era el único sonido que competía con el compás acompasado de sus respiraciones en la penumbra de la cabaña. Las cortinas estaban abiertas de par en par, permitiendo que la pálida luz de la luna llena se filtrara a través de los ventanales y bañara la estancia con un brillo plateado, dibujando sombras suaves sobre la cama de madera rústica.
Edu yacía con la cabeza cómodamente apoyada sobre el pecho firme de Esteban, escuchando el latido lento y constante de su corazón. Una de las manos de Esteban trazaba círculos ociosos pero protectores en su espalda desnuda, mientras que con la otra sostenía un mechón de su cabello, enredándolo y desenredándolo con una paciencia insólita para un hombre acostumbrado a la prisa y al peligro de los negocios.
Durante los últimos días, el tiempo parecía haberse detenido en aquel rincón apartado del mundo. Sin llamadas satelitales, sin reuniones del Sindicato y sin la sombra amenazante de enemigos acechando en las esquinas, ambos habían descubierto una faceta de su relación que hasta entonces solo conocían a medias: la simple y llana cotidianidad de la paz.
—Esteban... —murmuró Edu rompiendo el silencio, con la voz ligeramente apagada por el cansancio y la comodidad del momento.
—Dime, pequeño —respondió Esteban en un susurro grave, besando con ternura la coronilla del chico.
—¿Alguna vez pensaste... que terminaríamos así? —preguntó Edu, levantando ligeramente la vista para intentar descifrar las facciones de su rostro en la penumbra—. Quiero decir... tú, gobernando los bajos fondos, y yo... encerrado en esa casa oscura, arrastrando mis propios fantasmas. Si alguien te hubiera dicho hace cinco años que ibas a terminar escondido en una cabaña en la montaña, cuidando de mí...
Esteban soltó una suave risa gutural, un sonido cálido que retumbó en su pecho contra la mejilla de Edu.
—Si alguien me hubiera dicho hace cinco años que iba a encontrar a la única persona por la que quemaría mi propio imperio hasta los cimientos, me habría reído en su cara —confesó Esteban con total sinceridad, deteniendo el movimiento de su mano para sujetar el mentón de Edu y obligarlo a mirarlo a los ojos—. Vivía rodeado de ruido, de poder y de sangre, pero estaba completamente vacío. No fue hasta que te vi en ese jardín... temblando, herido, pero con una fuerza indomable en la mirada, que supe exactamente para qué había construido todo lo demás.
Las palabras de Esteban golpearon a Edu con una dulzura abrumadora, disipando cualquier rastro de duda que pudiera quedar en los recovecos de su mente. Extendió una mano para acariciar la mejilla áspera del capo, sintiendo el calor de su piel y la absoluta devoción que destellaba en sus pupilas oscuras.
—Ya no tengo miedo, Esteban —susurró Edu con una convicción tan pura que hizo que el pecho del mafioso se apretara de emoción—. Antes sentía que el mundo entero estaba en mi contra, que cada día era una batalla que no podía ganar. Pero ahora... contigo aquí, siento que puedo con lo que sea.
Esteban sonrió, un gesto íntimo y genuino reservado exclusivamente para él, y se inclinó para sellar sus palabras con un beso lento, hambriento de una ternura infinita y desprovisto de toda prisa.
—No tienes que pelear más, Edu —prometió Esteban contra sus labios, abrazándolo con la fuerza de un ancla inquebrantable—. Para eso estoy yo. De ahora en adelante, tu única tarea es vivir, ser libre y dejar que te quiera de la manera en que te lo mereces.
Afuera, la brisa de la montaña mecía los pinos con un murmullo constante y protector, mientras la luna brillaba alta en el cielo despejado. Pero dentro de la cabaña, el mundo entero se había reducido a ellos dos, sellando bajo las estrellas un pacto silencioso donde el pasado ya no importaba y el futuro era una promesa que por fin les pertenecía por completo.