Peligrosamente mío

Capítulo 31: La línea del deseo

La tarde había dado paso a un crepúsculo de tonos morados y cobrizos que encendía el cielo sobre el lago, tiñendo los ventanales de la cabaña con un reflejo cálido y difuso. En el interior, el único calor real provenía de la chimenea, cuyas llamas crepitaban con fuerza, arrojando destellos dorados sobre la alfombra gruesa de lana y la madera rústica de las paredes.
​Edu estaba de pie frente al ventanal, observando su propio reflejo superpuesto con el paisaje exterior, cuando sintió unos pasos lentos y pesados acercarse a sus espaldas. No hizo falta volverse para saber quién era; el aire a su alrededor cambió de inmediato, volviéndose denso, cargado con esa gravedad magnética que solo Esteban provocaba en él.
​Las manos grandes y firmes de Esteban se posaron con una lentitud deliberada sobre su cintura, rozando la tela suave de la sudadera antes de deslizarse con total naturalidad por debajo de ella. El contacto de sus palmas cálidas contra la piel desnuda de su abdomen hizo que Edu exhalara un suspiro tembloroso, sintiendo cómo un escalofrío delicioso le recorría toda la columna vertebral.
​—Te pasas la mitad del día mirando por esa ventana —murmuró Esteban contra su oído, con la voz grave, ronca y baja, tan cerca que sus labios rozaron la sensibilidad de su lóbulo.
​—Estoy mirando el paisaje... —respondió Edu en un hilo de voz, con el corazón acelerándose de golpe en el pecho.
​—El paisaje no tiene comparación con lo que tengo frente a mí —replicó Esteban con una arrogancia suave y posesiva.
​Con un movimiento fluido y sin prisa, giró a Edu para que quedara completamente de frente a él. La mirada del capo era un abismo oscuro y ardiente, despojada de cualquier fachada de control, revelando el hambre contenida que llevaba horas latiendo bajo su aparente calma.
​Esteban acunó su rostro entre ambas manos, sosteniéndolo con una firmeza devota antes de capturar sus labios en un beso que rompió toda la paciencia acumulada. Al principio fue profundo y hambriento, un choque de bocas que hizo que Edu se aferrara con desesperación a las solapas de la camisa de Esteban, tirando de él como si temiera que fuera a desvanecerse. La lengua de Esteban exploró cada rincón con una autoridad absoluta, arrancándole un gemido ahogado que se perdió en la boca del mafioso.
​Las manos de Esteban bajaron desde su rostro, recorriendo con posesividad la línea de su espalda, marcando cada curva con una intensidad abrasadora hasta alzarlo ligeramente del suelo sin romper el beso. Edu rodeó la cintura de Esteban con sus piernas por instinto, ajustándose a su cuerpo con una necesidad desesperada, sintiendo la fuerza incontenible del hombre que lo había rescatado del infierno y que ahora lo adoraba como a su única religión.
​Entre besos rotos y respiraciones anheladas, Esteban lo llevó hasta el amplio sillón frente a la chimenea, recostándolo con cuidado sobre los cojines mientras su cuerpo cubría el suyo por completo, pesando lo justó para hacerlo sentir seguro, protegido y absolutamente dominado.
​—Esteban... —susurró Edu contra su boca, con los ojos brillando de una entrega ciega y febril al sentir las manos expertas de Esteban deslizarse por su piel, deshaciéndose de la ropa con una urgencia que quemaba.
​—Mírame, Edu —ordenó Esteban en un ronco susurro, separándose solo lo suficiente para clavar sus oscuras pupilas en las de él, mientras el reflejo de las llamas danzaba sobre sus hombros anchos y su pecho marcado—. Eres mío. Cada pulgada de ti me pertenece. Y no hay nadie en este mundo que pueda arrebatármelo.
​Edu arqueó la espalda con un gemido cuando los labios de Esteban descendieron por su garganta, dejando una estela de besos calientes y marcas suaves sobre su piel sensible, descendiendo con una lentitud exasperante y deliciosa hasta morder la carne de su pecho. Las manos de Edu se enredaron con fuerza en el cabello oscuro del capo, tirando de él con desesperación mientras el placer comenzaba a nublarle los pensamientos, convirtiendo el frío de la montaña en un fuego líquido que corría por sus venas.
​No quedaba espacio para el miedo, ni para los fantasmas del pasado, ni para las sombras de la mafia que alguna vez los persiguieron. En ese refugio apartado, envueltos por el calor de la chimenea y la entrega absoluta de sus cuerpos, ambos se consumieron en una tormenta perfecta de pasión y redención, sellando con cada roce la certeza de que ya no eran dos almas rotas, sino un solo imperio indomable.



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En el texto hay: moral gris

Editado: 05.08.2026

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