El motor del auto ronroneaba en la entrada de la mansión, un sonido grave y metálico que cortaba el aire denso de la madrugada. Pero ni el ruido del motor ni la urgencia del chofer hacían que Edu apartara la vista de Esteban.
Estaba de pie junto al marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho en un intento inútil por contener la rigidez de su postura. No había lágrimas en sus ojos; solo una tormenta silenciosa y contenida que amenazaba con estallar en cualquier momento.
—Es solo una semana, Esteban —dijo Edu, acercándose un paso más. Su voz era baja, casi un murmullo destinado únicamente para él—. Un viaje de negocios en la costa. Cierro el trato con los inversores y estoy de vuelta.
Esteban soltó una risa corta, seca, sin rastro de humor. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Edu con una intensidad que quemaba, deteniéndose en la línea de su mandíbula y en esos labios que horas antes le habían prometido un futuro imposible.
—No me gusta cómo suena ese viaje —respondió Esteban, con la voz áspera—. Las cosas no están tranquilas allá afuera. Y lo sabes. Hay demasiada gente respirando en nuestra nuca esperando un descuido.
Edu suspiró, un gesto de cansancio genuino, y acortó la distancia que los separaba. A pesar de las advertencias, de la tensión y del peligro inminente que los rodeaba, levantó una mano y rozó con las yemas de sus dedos la mejilla de Esteban. El contacto fue suave, una caricia desesperada que contrastaba con la frialdad de la noche.
—Nadie va a tocarme, y nadie va a tocarte a ti —prometió Edu, mirándolo con esa fijeza magnética que siempre lograba desarmarlo—. Eres lo único que me importa. En cuanto termine, volveré directo a esta casa.
Esteban cerró los ojos un segundo, entregándose al calor de su tacto, antes de atrapar la mano de Edu contra su propia mejilla, aferrándose a él como si pudiera retenerlo por la fuerza de la voluntad.
—Te estaré esperando aquí —susurró Esteban contra sus dedos, abriendo los ojos para clavar su mirada en la de él—. Pero si pasa algo... si intentan apartarte de mí de cualquier manera... te juro que quemo este maldito mundo hasta los cimientos.
Edu sonrió de lado, una mezcla de orgullo y devoción pura, antes de inclinarse y besarlo en los labios. Un beso lento, profundo, cargado de una urgencia extraña, como si ambos supieran en el fondo de sus almas que las reglas del juego estaban a punto de cambiar para siempre.
Cuando Edu se separó, dio dos pasos atrás hacia la oscuridad del vehículo sin dejar de mirarlo. Abrió la puerta, subió, y bajó la ventanilla para dedicarle una última mirada antes de que el auto comenzara a avanzar por el camino de grava.
Esteban se quedó allí, inmóvil en el umbral de la puerta, viendo cómo las luces rojas del coche se perdían en la distancia de la madrugada.
No sabía que esa iba a ser la última vez que vería a Edu respirar como el hombre que conocía. No sabía que el viaje de negocios era solo la fachada perfecta para una desaparición obligada. Y, sobre todo, no sabía que el altar que construiría en su habitación pronto se convertiría en su única compañía para los meses más oscuros de su vida.