Peligrosamente tuyo

Capítulo 2: El Silencio del Teléfono

El eco del motor se había apagado hacía horas, pero el vacío que dejó en la mansión se sentía como una presencia física, pesada y fría en cada rincón.
​Esteban seguía en el mismo sitio, con los brazos cruzados y el frío de la madrugada calándole los huesos, hasta que el sonido de la puerta principal cerrándose por fin lo obligó a moverse. Entró a la casa, directo al estudio, donde el calor de la chimenea ya se estaba apagando. Sobre el respaldo de la silla de cuero, la camisa que Edu se había quitado la noche anterior yacía desordenada.
​Un tic nervioso, una punzada en la boca del estómago, le recordó la advertencia que le habíadicho antes de irse. Las cosas no están tranquilas.
​—Estás paranoico —se repitió Esteban en voz alta, caminando hacia el escritorio para tomar su teléfono móvil—. Es solo un viaje de negocios. Tres días de reuniones aburridas en la costa, firmas de contratos y de vuelta a casa.
​Desbloqueó la pantalla. Ningún mensaje.
​Decidió no marcar. No quería parecer el novio desesperado, el que no soportaba estar ni veinticuatro horas lejos de él después de haber pasado tanto tiempo peleando por estar juntos. Dejó el teléfono boca abajo sobre la madera y se obligó a concentrarse en los documentos que tenía pendientes de la empresa.
​Pero las horas pasaron con la lentitud de una tortura.
​Al día siguiente, el teléfono seguía en completo silencio. Ni un "llegué bien", ni un "estoy ocupado". Nada.
​Cuando el sol comenzó a ocultarse, teñiendo el cielo de un rojo anaranjado que presagiaba tormenta, Esteban marcó el número de Edu.
Un tono. Dos tonos. Tres tonos.
Directo al buzón de voz.
​Lo intentó una vez más. Y otra. La misma respuesta fría, metálica y cortante. Una sensación de ahogamiento comenzó a subirle por la garganta. Tecleo entonces el número del socio con el que Edu supuestamente se reuniría en la costa.
​—¿Buenas tardes? —respondió una voz al otro lado de la línea, con un tono extrañamente formal y distante.
​—Soy Esteban. Necesito hablar con Edu de inmediato. Su teléfono está apagado y...
​—¿Esteban? —El hombre al otro lado hizo una pausa, un silencio incómodo que heló la sangre de Esteban en menos de un segundo—. Creí que ya estabas enterado. Edu nunca llegó a la costa.
​El mundo a su alrededor pareció detenerse. Los papeles sobre el escritorio se volvieron borrosos y el aire de la habitación se convirtió en plomo.
​—¿De qué estás hablando? —exigió saber Esteban, con la voz temblando de una rabia helada—. Salió de esta casa ayer en la madrugada. Tenía que reunirse con ustedes.
​—No. Su auto apareció hace unas horas en la carretera secundaria, cerca del desvío del acantilado —la voz del socio tembló ligeramente antes de soltar la frase que destruyó lo que quedaba de su realidad—. No hubo rastro de frenos, Esteban. Y del cuerpo... la marea se lo llevó todo. Lo están buscando, pero las probabilidades son nulas. Lo siento.
​La llamada se cortó con un zumbido sordo.
​Esteban dejó caer el teléfono al suelo. La pantalla se astilló en mil pedazos contra la madera, reflejando las lágrimas furiosas que, por fin, comenzaron a desbordarse de sus ojos. No gritó. No rompió nada.
​Se quedó de rodillas frente a la silla, con las manos aferradas a la camisa de Edu, respirando el último rastro de su aroma mientras su mente se negaba a aceptar lo inevitable.
​No iba a llorar un cuerpo que no había visto. No iba a aceptar un final escrito por la tragedia. Si Edu se había ido al abismo, él iría detrás. O peor aún... construiría un santuario en la oscuridad para esperarlo hasta el último de sus días.



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En el texto hay: drogas mafia muertes

Editado: 06.08.2026

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